15 febrero 2006

Ferd'nand Sale

Publicado en Sale, Pure White, Art ("obra en catálogo")
Eventos en la calle 83, Bogotá, 2000
















acto 1

Ferd’nand quiere permanecer en casa, sin zapatos, las medias al aire, sin tener que afeitarse... Quiere quedarse recorriendo las “actualidades” del mundo en las páginas impresas del periódico poniendo de este modo a raya su compromiso y los afanes de la calle.

acto 2
Sin embargo, su mujer tiene otra idea: quiere salir, divertirse, ir tal vez al teatro. Es justo, no ? (su delantal como testigo) ya que ha estado ocupada todo el día en los oficios del hogar. Porqué tendría entonces que quedarse “encerrada entre cuatro paredes”, atendiendo las cuestiones domésticas de siempre ? Piensa, con justicia, que un poco de “mundo”, de exterioridad, le conviene.

acto 3
“El hombre de la casa” se resiste, no da muchas señales de querer abandonar su oasis momentáneo, su paréntesis casero. Ella, en cambio, ha tenido ya bastante de “hogar, dulce hogar” y no quiere fácilmente dar su brazo a torcer. Insiste entonces señalando el tic-tac vehemente del reloj en su muñeca (metáfora mecánica de un corazón palpitante).

acto 4
Ni modo. Otra vez frente al espejo... Quién es -pregunta- el más paciente y resignado? Aféitate y anda! es la órden que obtiene como única respuesta. Sin otra opción, no hay más que aplicarse la resucitante espuma mentolada para afrontar de modo presentable la noche que llega, y sus funciones imprevistas.


acto 5

Un acto fallido... Su implacable mujer le reclama el no haber podido adivinar sus intenciones secretas ("destacada pareja dispuesta al espectáculo nocturno en las miradas del vecino..."), ya que el pobre hombre se ha vestido como siempre, automáticamente; y no se trataba de eso.



acto 6

De regreso al espejo, a uno más grande, de cómoda o armario en donde pueda observarse enteramente, más allá de la intimidad sicológica de los primeros planos característicos del espejo del baño. Ajustando los detalles del smoking (largamente archivado), anuda disgustado el absurdo corbatín sobre el cuello almidonado mientras, a sus espaldas, cenicienta impecable transformada en gran dama, una esposa vigila decidida sus maneras iracundas.

acto 7
Envueltos en abrigos y pieles, arreglados finalmente para la gran ocasión, se dirigen al teatro con su aviso de luces parpadeando en medio del bullicio exitado de la gente, dispuestos a dejarse encantar por el ingenioso espectáculo de los reflectores proyectados sobre escenas pintadas y actores verdaderos. Es decir, entregados de antemano a la ilusoria diferencia ofrecida por el arte.

acto 8
El signo exclamativo que flota sobre la cabeza eternamente ensombrerada de Ferd’nand (!) contrasta con aquellos más pequeños emitidos en el 'acto 5' por su esposa. Descorrido el telón, regresamos sorprendidos a lo que parece ser una réplica del 'acto 2' de la historieta, sólo que -como es bien sabido- el arte exagera:

La ventana está rota; el delantal, sucio; el pantalón, con un remiendo de otro color; el piso, sin barrer; la mujer y su esposo, bastante desgreñados, no parecen entenderse para nada.
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Deberíamos concluir, sin más, que las espectativas de quienes asistieron al evento resultaron defraudadas; que la “diferencia” prometida por el arte no pudo esta vez llevarse a cabo?

Digamos, como dijo el poeta Mallarmé a propósito de una historia también muy complicada, “Este cuento se dirige a la inteligencia del lector, que por sí misma, pone las cosas en escena”.