25 julio 2006

I- Las Vírgenes no levantan los brazos

(primero de 2 artículos sobre algunas mutaciones del desnudo femenino)

Publicado en la revista ESTRATEGIA Económica y Financiera -octubre 23 de 1995



















(click en la imagen para ver detalles)


Imagen 1
Una suposición general dice que el arte del siglo XX comienza con el Cubismo. Ahora, si el primer cuadro de este hermético movimiento es Las Señoritas de Avignon pintado por Picasso en 1907, es muy precisamente esta pintura donde aparecen exhibiéndose impávidamente cinco prostitutas la que inaugura el tono de la época.

En la directa y evidente pose frontal las figuras se presentan dispuestas en una especie de vitrina (muy a la manera de Amsterdam) en donde los cuerpos bidimensionales de estas mujeres aparecen aplanados bajo el efecto fotográfico del flash emitido por la mirada del espectador. La declaración fragmentada de estas Señoritas es una imagen totalmente ajena al ideal de la venus seductora: criaturas origami (de papel plegado japonés), impasibles, arcaicas, geométricas. La fuerza del arte primitivo reaparece en sus cuerpos con la contundencia de lo que por esencial no puede ser negado, imponiéndose de paso sobre cualquier categoría de censuras o gustos.

Imagen 2
Esta antiquísima mujer de terracota (o tierra cocida) pertenece a los comienzos de la vida rural sedentaria de mediados del 6.000 AC. Su hogar fueron las primeras casas con fuego, es decir, con cocina, que corresponden al nacimiento de la civilización, al desarrollo de los cultivos y a la domesticación de los animales. Son mujeres jóvenes, parturientas, o viejas, del Neolítico (edad de la piedra pulimentada), y la ausencia aparente de lo que hoy llamamos “belleza” se resuelve en la plenitud de su presencia; una materialidad que recuerda los misterios del parto y la fecundidad. Su asimilación mitológica a la Diosa Madre se debe entonces a la estrecha asociación con los poderes productivos de la tierra y la naturaleza.

Imágenes 3
Como Las Señoritas…, muchos desnudos femeninos de Picasso aparecen con los brazos levantados. De este modo, el cuerpo queda mucho más expuesto en la sugestiva revelación de las axilas al tiempo que levanta los senos hacia la plena presencia de su forma, mientras los brazos se ocupan del juego seductor que recoge el volúmen del cabello sobre la cabeza. Pose novedosa que proviene sobre todo del diecinueve, en donde tuvo gran éxito. Artistas como Ingres y Chassériau la utilizaron con particular insistencia en sus venus y en las odaliscas o mujeres 'exóticas' de los harem de medio oriente que comenzaron a habitar la pintura europea por esa misma época.

En El Baño Turco -un apretado conjunto de 25 mujeres entregadas al mantenimiento de sus cuerpos perfumados- Ingres aplica una extrema distorsión a las figuras hasta el punto de incurrir en evidentes anomalías anatómicas. Tensión que observamos igualmente en la intimidad de las esculturas y dibujos de Degas así como en el erotismo que exudan las piezas de Rodin. Como si la necesidad de este énfasis gestual fuese el resultado, o más bien el síntoma, de una fuerza que busca expresarse más allá de toda imposición civilizante. Una tensión del mismo orden que las que auscultan los experimentos del médico Charcot en las convulsiones histéricas femeninas, las mismas que indicarían a Freud una ruta hacia el Psicoanálisis. Un cuadro importante, sin duda, entre otras porque resume la carrera del pintor, quien lo firmó orgulloso en 1863 a los 82 años de edad.


Una historia con acentos edípicos que comienza con la fascinación que La Madona de la Silla ejerciera sobre él. Imagen arquetípica de la maternidad pintada por Rafael hacia 1514 y que Ingres transformó en odalisca seductora a través de audaces etapas sucesivas. Tal y como lo delata la presencia obsesiva del turbante a través de todas las variables y como termina por confirmarlo la mujer que aparece desnuda tocando la cítara en el centro del Baño en una pose similar, de espaldas, a la que ostenta la Vírgen de Rafael. De este modo, el obstinado “monsieur Ingres” al ocuparse retrospectivamente del asunto como corresponde al ideal clásico, negocia su deseo entre el pasado y el presente llegando incluso a ofrecerle a Picasso, hacia el futuro, la posibilidad de todo tipo de distorsiones gestuales.

En esta búsqueda edípica de los orígenes Ingres veía un término, una culminación estética en la totalizante imagen circular del pintor italiano, donde la madre y el hijo representarían un retorno a la integración primitiva del estado paradisíaco. Una compenetración con el mundo natural idéntica en muchos aspectos a la que encontramos en una moneda romana de Adriano como si fuese el modelo en el que se inspiró Rafael. En ella, una mujer que no es otra que Ceres o Isis, la gran Diosa Madre del mundo primitivo, se nos muestra sentada mientras amamanta a su hijo: Ceres mamosa, seu Isis lactens, Horum filiu, reza la inscripción.

La pintura del Baño Turco de Ingres es también circular pero ya no es un nido, una forma de regazo para contener la entrega, sino un orificio a través del cual espiar secretamente el universo de esa feminidad misteriosa, autocontenida. Entendemos también que la imagen de la Madona prototípica del Renacimiento no es más que otro avatar, otra encarnación del principio femenino venido del fondo de los tiempos, y también, que la transformación de ese principio que va de diosa a madre, de madre a venus, de venus a odalisca, y de ésta a prostituta, apunta -según su propia lógica- a un auscultamiento violento y penetrante a partir de lo que muestran con cruda y prosáica insistencia las mujeres del arte moderno.
(ver artículo siguiente)


Por eso, en esta historia de transformaciones, Las Señoritas de Avignon son un hito significativo de lo que pueda significar ese gesto de 'brazos levantados' que otorga a lo femenino el rasgo de una sublevación declarada cuyo sentido comienza a intuirse.
-

Anexo: