15 enero 2007

Otro Salón (en Medellín)

Publicado en el MAGAZIN DOMINICAL de El Espectador #723 (23.03.97)



















Cuando la necesidad y las ganas de hacer algo se presentan bajo el rótulo de Festival Internacional de Arte Ciudad de Medellín; SALON NACIONAL, nuevos valores en el arte, 1997, no es difícil darse cuenta que la energía y una cierta ingenuidad pueden darse al mismo tiempo. Energía (porque la conocemos): pura idiosincrasia en acción. Ingenuidad: porque en un gesto apenas entusiasta (por irreflexivo) termina por ocurrírseles la “idea soberana” de lo que constituye, sin más, un Salón... La obviedad es tal, que la voluntad de actuar autónomamente termina por delatarse paradójicamente en medio del más crédulo convencionalismo reproduciendo la estructura formal de ese espectáculo desueto en que se han convertido los “Salones Nacionales”, vengan de donde vengan.

Los equívocos folletos que promueven el evento -con su aspecto cívico metropolitano, tipo empresa de energía eléctrica o teléfonía celular-, ostentan, en total consecuencia con la oficialidad que suelen tener los patrocinios, tema y slogan: “Arte y Ciudad” y “La esencia del arte es libertad”. Dos inevitables lugares comunes que ilustran con suficiencia hasta dónde se puede llegar en la asimilación sin resistencias de lo inmediato. Como si el sólo hecho de reproducir la idea genérica de lo que es un Salón bastara para hacer “otro”.

“Difundir la obra de los nuevos creadores de las artes plásticas en Colombia”, más precisamente, “promover nuevos valores”, no deja de ser, a pesar de la buena intención, un propósito bastante discutible. ¿Quién dijo que un valor, un nuevo valor, en arte, aparece de ese modo, “como si nada”, salido de la cornucopia del escudo nacional como un producto de una fábrica, amparado por el mito contemporáneo de que los jóvenes, por el sólo hecho de serlo, tienen la capacidad espontánea de producirlo?... ¿Qué será, en últimas, lo que se entiende por “valor”? Si se trata de la aparición de una nueva figura sobre la escena, figurantes no han de faltar -tampoco pretextos-, pero si consiste en la aparición de un planteamiento singular, significativo, la exigencia es completamente de otro órden.

Pero supongamos por un momento que esto llegara a suceder. Dudo mucho, entonces, que un tal “valor” pueda reconocerse de inmediato. Al no darse el contexto adecuado que permita la apreciación de la nueva obra en el sistema de relaciones que ella misma suscita y genera (como es el caso de nuestro medio cultural), el reconocimiento de hitos creativos, de novedades reales, opera por lo general a posteriori, luego de un tiempo a través del cual pueda percibirse articulada a partir de la personalidad que la produjo y la historia en que se inscribe. De modo que si se está promoviendo un “nuevo valor” lo más probable es que nadie sepa en qué consiste, y, lo que es más curioso, que la obra capaz de representarlo, camuflada en su misma singularidad, no sea notada en absoluto.

Además, una cosa es reconocer eventualmente un nuevo valor, y otra instituirlo. Por eso ningún evento garantiza que lo primero suceda a partir de la simple intencionalidad organizada, del aparataje crítico especializado y del ritual selectivo dispuesto para tal efecto. El que un Salón Nacional pretenda olímpicamente instituir valores a partir de su plataforma oficial de lanzamiento no pasa de ser una hipótesis de trabajo, una “política cultural” que quiere jugar con un poder que no le corresponde. La prueba está en que el tiempo generalmente los desmiente, relativizando con implacable precisión lo que de ese modo pretende.

El arte no opera así (quiero decir, el arte, no el mundo del arte, que son dos cosas distintas). El arte prescinde generalmente de intencionalidad, de voluntad autoconciente con respecto a una realidad inmediata. Su tiempo es un tiempo diferido, alterno, intuitivamente decantado. Sin embargo, el prototipo del artista actual es el de un adolescente de actualidad, en cuanto padece (adolesce) lo inmediato como una barrera con la cual se identifica sin poderla transparentar ni trascender. Tal vez será por eso que sus audacias resultan tan predecibles al no ir más allá de lo ilustrativo y epidérmico, de lo “modal” instaurado en ese mundo del arte en el que se ineludiblemente se involucran. Como si no existiera la posibilidad de otra opción capaz de contextualizar adecuadamente sus propuestas.

La simple estadística demuestra la fragilidad de estas “ocurrencias” respaldadas casi siempre por mecanismos de mediatización o mercadeo. Por decirlo simplemente, lo que de esta manera se promueve no se sostiene en el tiempo. Tanto es así que una simple entrevista personal -quiero decir, una confrontación extensa, a fondo, que verifique el tipo de presencia de la persona en cuestión- podría bastar para poner al descubierto la precariedad de su “invento”.

No hay entonces tal cosa como un nuevo valor manifestado, fácil y evidentemente, en la escena preconcebida del teatro. El principio es otro: La regla del arte es siempre la excepción. No puede invitarse deliberadamente a la precisa y puntual aparición del milagro.

Si hablamos de estas cosas aprovechando la incomodidad, por exceso, de otro Salón Nacional, es para resaltar de algún modo la inercia que inconcientemente acompaña a todos estos intentos fallidos de resucitar (o instaurar) una conducta cultural a punta de eventos que supuestamente la favorecen.

Richard Serra, 1970. Bronx,
Webster Av. 184 Street, NYC.

Para qué otro Salón, entonces, si no es para darle continuidad -aquí o allá- a la contradicción evidente entre viejas ceremonias de consagración, más típicas del diecinueve que otra cosa, y la naturaleza de un arte en busca de otras formas de actividad e inscripción. Para qué insistir si lo único que se obtiene, aparte de la dudosa satisfacción cuantitativa de haber hecho "otra vez" la cosa, es neutralizar el fenómeno artístico en la formaleta de la infraestructura que lo promueve.

Y precisamente porque no resulta evidente, más valdría ponerse a considerar de qué maneras podría el “mundo del arte” extender su territorio más allá de sí mismo, replanteándose sobre otras actividades, interceptándolas ingeniosamente así no sea más que para incorporarles, tal y como corresponde a sus arcaicas funciones, un poco de natural enajenamiento.
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