02 julio 2008

Por el lugar de los jardines

Publicado en la revista ESTRATEGIA Económica y Financiera -Dic 1 de 1995


















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Como dice Derek Clifford en su clásico libro A History of Garden Design: "Hubo una época en el siglo XVI en Italia, en el XVII en Francia, y en el XVIII en Inglaterra, cuando fue considerado un arte muy importante, tal vez el más importante, uno en el que todos los otros se encontraban. Pintores, arquitectos, escultores, poetas y filósofos ofrecían sus mentes a la comprensión de su naturaleza y el perfeccionamiento de su práctica." Los jardines, sea cual sea su escala y concepción, están construidos sobre la idea esencial del Paraiso, de ahí que su referencia sea necesariamente original, anterior. Sin embargo, el tema constante y actual es que los jardines reflejan la ‘naturaleza’ de la sociedad a la cual pertenecen. Un privilegiado punto de encuentro entre naturaleza y cultura.

No deja de ser extraño, entonces, que la historia del arte desconozca en sus registros actuales el elevado y muy complejo arte del diseño de jardines. Tal vez esto se deba a que estamos frente a una forma de expresión que supone unos excedentes de energía y una noción del tiempo extendido y constante que épocas tan atareadas como las nuestras no están en capacidad de atender. Además de que los escenarios del poder se han desplazado a los media.

Sin embargo, si el jardín ha sido un lujo y un placer, “una ensoñación del mundo que –al mismo tiempo- nos transporta fuera de él”, es posible que ahora, cuando el desequilibrio ambiental es una señal evidente, sea precisamente una actividad como esta la que podria interesarnos. No tanto ya como un lujo agregado, en el sentido tradicional, sino como simple cuestión de supervivencia.
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Representaciones medievales del Paraiso como EDÉN. Puede apreciarse el cerramiento del espacio: uno con una puerta roja custodiada y el otro con una muralla. Se trata del Hortus Conclusus o 'huerto encerrado' representando la intimidad protegida de ese espacio perfecto. Asimismo, se muestra la idea de los cuatro rios o direcciones cardinales que brotan del centro, coincidiendo con la figura de la fuente de agua viva. El la Kabala, el PARDES es el dominio del conocimiento superior, las cuatro consonantes (PRDS -Paraiso) corresponden a los cuatro grandes rios.

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En este tapiz turco con la imagen del árbol central o ‘Árbol de Vida’, puede apreciarse el territorio ornamental adjudicado al Paraiso. La alfombra es entonces (con árbol o sin él) un espacio simbólico que se lleva consigo a manera de un jardín portátil. Como subraya Abû Ya’ q’ û Sejestani, JANNAT (el paraiso) recubre el término persa que significa “un jardín flanqueado por árboles frutales, plantas olorosas y corrientes de agua viva. ... Igualmente, los altos dones infusos de la inteligencia y del alma son el jardín de la clara percepción interior. Alá es el jardinero.”












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La otra variante del paraiso terrestre es esta representación de una ciudad utópica: la Jerusalem Celeste, imagen de una totalidad cultural, reintegrada. La fuente en el centro la relaciona, genéticamente, con el jardín. Sin embargo, aqui la Cultura toma la iniciativa sobre la expresividad y exotismo del ‘desorden’ natural, ya que los jardines han sido por lo general una proyección del control humano. Una imagen elocuente del poder.







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El ejemplo característico del jardín italiano es el de Villa d’Este en Tívoli. La ocupación del espacio en un territorio enfáticamente escalonado y la diversidad de los juegos de agua -como la sorprendente Fuente del Órgano y las Cento Fontane- asi como los grupos escultóricos lo convierten en un complejo e imbricado ‘texto’ material. No en vano fueron los romanos quienes llevaron el jardín a los más complejos refinamientos mezclando audázmente arquitecturas, estatuas, escaleras, fuentes, grutas y toda clase de estanques, cascadas y fuentes sometidas ingeniosamente tanto a la ley de la gravedad como a la expresión de una voluntad imperiosa. Fue directamente del Islam que los italianos aprendieron el arte de los juegos de agua, así como el arabesco ornamental copiado -según dicen- por Leonardo a partir de encuadernaciones islámicas.

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Versalles, con el trazado extendido y rigurosamente geométrico de sus múltiples perpectivas que le corresponde al ‘jardín formal francés’, se abre más decididamente hacia el horizonte proyectándose desde las arquitecturas formidables del palacio de Luis XIV, el Rey Sol, en un gesto evidente de poder. El jardinero Real, André Le-Nôtre, fue uno de los más extraordinarios de todos los tiempos, adjudicándole a este arte una amplitud y un refinamiento en acuerdo perfecto con la tradición heredada de su padre y abuelo, ambos jardineros. En palabras de B. Jeanel, “un jardín no puede juzgarse más que cuando logra expresar, escondido en la armonia de sus arreglos, la suma de conocimientos que sostienen los nuevos imperativos éticos del poder”.





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El jardín inglés, en cambio, reaccionando de modo radical a este tratamiento ‘controlado’, se dispone en amplios ordenamientos camuflados en los accidentes y ritmos naturales. En Stowe, el más influyente jardín de la época -diseñado sucesivamente por Bridgeman, Kent y Brown en la primera mitad del siglo XVIII- los estanques, caminos y masas de vegetación son intencionalmente irregulares. ‘Capability’ Brown, el así llamado maestro que convirtió los jardines en lo que hoy se conoce como ‘paisajismo’, llevó este planteamiento a sus últimas consecuencias: el paisaje parece natural pero todo es puesto ahí artificialmente en un despliegue escenográfico de pura transparencia. Como si los ingleses hubieran descubierto que la idea del 'jardín' no era muy diferente a su propio paisaje. Haciendo de esa constatación el acto de fe que pusiera sus jardines naturales en capacidad de competir con lo que en otros paises fuera un esfuerzo organizado de la imaginación. Como dijo Whistler, equívocamente, “decirle al pintor que es necesario tomar la naturaleza tal y como es, equivale a invitar al pianista a sentarse en el teclado.”

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En Persia, como en Japón, la significación del jardín asume un sentido no solo cósmico sino también metafísico. En el jardín Zen japonés (de piedras o arbustos tallados, distribuidos sutilmente sobre un lecho de arena rastrillada) la disposición de estos materiales simples y desnudos parece invocar otra cosa a partir de su mera presencia. El vacio, noción principal de la mentalidad oriental, resulta en esta caso ‘substancial’ en cuanto no se trata sólamente de una serie de objetos-en-el-espacio como del arreglo estratégico de una dimensión de intervalos sensibles entre las cosas.

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