11 diciembre 2005

Lugares comunes, una historia “de a peso”

Publicado en DACR, Departamento de Arte Contemporáneo del Congreso (i). Facultad de Artes, Escuela de Artes Plásticas, Instituto - Taller de Creación. Universidad Nacional de Colombia, Diciembre 2005.

Cuando hoy se habla de “lugares comunes”, la mayoría de las veces queremos decir expresiones estereotipadas, desprovistas ya de cualquier significado, banalidades, metáforas muertas (“labios de rubí”), desgastadas convenciones linguisticas. Ciertamente este no fue el significado original de la expresión “lugares comunes”. Para Aristóteles (Retórica, I, 2, 1358ª) los topoi koinoi eran las formas linguísticas y lógicas generalmente más válidas de todo nuestro discurso (podríamos incluso decir, su estructura esquelética misma) ya que permiten la existencia de las expresiones individuales que utilizamos al tiempo que les confiere estructura. Dichos “lugares” son comunes por la sencilla razón de que nadie puede prescindir de ellos (desde el refinado orador al borracho que balbucea palabras ininteligibles, del negociante al político). Aristóteles destaca tres de estos “lugares”: la conexión entre más y menos, la oposición de los opuestos, y la categoría de reciprocidad (“Si yo soy su hermano, ella es mi hermana”).

Paolo Virno. Publicness of the Intellect, Non-State Public Sphere and the Multitude, 2001
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En 1988 realicé un par de Ex-Libris, esos grabados que se solía poner en los libros a modo de identificación con su propietario. ¿Ex-Libris?, fotograbado sobre lámina de zinc impreso en azul ultramar con la imagen de una calavera en una pantalla de televisión [1], y Rosa Analfabética Vox Populi, xilografía impresa en colores primarios, declarando en un halo radiante de letras doradas (una estética explícita de tarjeta de Primera Comunión) la suficiencia del inconciente colectivo frente a la cultura letrada. No tanto como un desinterés por los libros, sino porque hay otra instancia, otra 'jurisdicción' que también sabe mucho pero que siendo como es, inconsciente, no se asimila en Cultura.

Rosas y cráneos, figuras favoritas de una dualidad esencial –no es sino recordar el tatuaje architípico (sic) de una calavera que mordisquea una rosa mientras una serpiente se asoma por sus órbitas vacías. Como el “papel de colgadura europeo” que dibujé alguna vez alternando calaveras cruzadas con huesos y rosas.

Escribí también un artículo ( Del libro como manzana ) en donde imaginaba la historia del ex-libris y su íntima relación con el libro. Pensando luego en el tipo de imágenes que podrían caber en los libros, no como ilustraciones o temas, sino como ex-libris, como género artístico, recordé aquel recurso doméstico de esconder billetes en los libros utilizando la biblioteca como Banco casero, y pensé que el billete podía convertirse en un ex-libris capaz de ‘triangular’ la relación entre el cráneo y la rosa; una imagen que pudiera sostenerse simbólicamente frente a la ‘oposición de los opuestos' (otro estereotipo campante) : la imagen del dinero. Imagen institucional suceptible de ser intervenida con algún tipo de cirugía cultural, idiosincrásica.
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El Peso, la ‘moneda’. Una imagen portátil, manoseada, a ras del bolsillo. El arquetipo es un billete azul prusia impreso sobre un fondo tenue, rosado-salmón, emitido el 7 de agosto de 1953 en el que se declara la unidad de medida absoluta de la economía nacional: 1 Peso. Un Peso Oro que el Banco de la República "pagará al portador".

La imagen del billete no pudo ser más patriótica : Los próceres favoritos, Bolívar y Santander. El primero de pie, con espada, presidiendo la plaza en su nombre; el otro, con la cabeza despeinada de atrás para adelante –como corresponde al retrato romántico– flanquean la viñeta central ocupada por el paisaje tal vez más emblemático de nuestra cartilla escolar : el Puente de Boyacá. Escenario natural en medio del cual se percibe, inocente, el minúsculo puente aderezado por un grupo discreto de árboles. Unico residuo de la decisiva y legendaria batalla que lleva su nombre, antes de haberse incorporado a la desapacible maqueta conmemorativa instalada sobre el ondulante potrero boyacense.

Así y todo, a pesar de su insistencia memorial, lo que alcanza a mostrar el billete, el momento representado, el momentum bélico, definitivamente carece de acción. Cual cortinas dialécticas los dos hombres enmarcan la escena vacía donde sucede lo que pasa en los escudos pero no en las batallas : una calma chicha, sin nadie; una sequedad de tono heráldico con la solemnidad inevitable que suelen tener los símbolos patrios. Un héroe aquí y el otro allá, cada cual en su respectivo podio conceptual, y en la mitad el agujero bucólico por donde uno se asoma al paisaje.

Institución y paisaje son dos claros determinantes culturales. Aunque esta relación no sea ni mucho menos privativa de nuestra nacionalidad, lo que quiero señalar es que el país, su cultura, el resultado de esa tensión, siempre lo he percibido femenino. Asi como el billete de a Peso en su diseño de héroes resulta masculino, a Colombia siempre la he percibido mujer (lo que no disminuye en lo más mínimo las demostraciones atávicas del machismo local). ¿Opinión subjetiva? de qué otro modo podía ser. Una hipótesis basada en observaciones ambientales, bien ‘a la redonda’.

Un país horizontal, acordillerado y paisajístico, digno de la fauna, flora, y accidente que se muestra indirectamente ilustrado en el álbum de láminas de Chocolatinas Jet, una colección de 'imágenes comunes'. Un lugar suspendido, en la medida que ofrece el insólito sistema ecuatorial, sin estaciones, atemporal y perpetuo, despojado de aquellos ciclos dramáticos que ‘educan’ subrepticiamente. Un gran diorama sin vidrio ni conciencia, descronometrado. Un territorio sin mapa donde la seducción frutal de los cuerpos subyuga las pretensiones racionales de cualquier aguila o cóndor imperial. Lo que instala, en últimas, y al fondo, curiosas deficiencias de ‘patrón’ compensadas por dosis personales de alcahuetería materna.

De ahí que la imagen del billete pueda 'convertirse' de la virtuosa y pálida institucionalidad del Bolivar (del desamparo ciudadano en el ágora pública) a la tibia luminosidad metafísica de la Vírgen Milagrosa (intimidad reasegurante del talismán en la billetera; una conversión familiar, de lámina a billete, por pura cercanía). Para continuar enseguida con la transmutación del “creador de nuestro Estado de Derecho, el inspirador de la tradición civilista que nos enorgullece ante el mundo, el defensor inquebrantable del imperio de la ley” (como recordó a Santander en un acto reciente el señor Presidente) con su casaca de prócer recamada en hojas de laurel travestido en saludable chapolera campesina, en recogedora de café con su sombrero y su blusa sumergida aromáticamente en el arbusto nacional -imagen traducida a estampilla de una fotografía de Leo Matiz tomada en 1954, un año después de haber sido emitido el billete.

[Borrar una cosa para poner otra. Un problema técnico, sin duda, ya que la textura gráfica del billete es una filigrana que no se deja interceptar fácilmente en los tejemanejes del collage. Para que el nuevo elemento se camufle con alguna propiedad se requiere el mismo tipo de línea, la misma textura del billete grabado e impreso. Sobre todo si son de la misma época y coinciden en su estética de papel moneda, de documento oficial.]

En cuanto a la escena central, el jardín enmarcado por “el binomio ético-político que sostiene la continuidad histórica de nuestra nación y otorga sentido a nuestra institucionalidad” (según enfatiza el Presidente Alvaro Uribe en el mismo discurso), ¿qué sentido, qué reforma paisajista o agraria podríamos introducir?

Como escribió Salvador Valero, artista campesino venezolano :

Era para mí el placer más grande que sentía porque viendo aquella profusión de imágenes mi ánimo se expandía en un mundo místico porque amando la visión de aquellos cromos y retablos con las explicaciones religiosas que daba mi madre yo veía aquellos cielos azules aquellas imágenes como un reino real y viviente entonces mi imaginación viajaba por aquel reino místico. [sic]

El efecto, hay que notarlo, es de clima. Como dice la canción, 'sube la temperatura', el paisaje se anima, las estampillas se toman el lugar. La enruanada tierra fría de la que tanto se quejan los escritores costeños y de la que tanto se ufanan los cachacos, va a substituirse por la espontaneidad sensorial de la tierra caliente. El 'grupo discreto de árboles' y los musgos que puedan medrar a sus lados o por debajo del puente -donde seguramente habrá lagartijas y sapos-, va a ponerse a conversar muda, clorofílicamente, con grupos de cafetales apretados, uno que otro espécimen frutal, y altas palmeras. Los que fueran heróicos soldados en camisa rasgada, alpargate y machete, regresan a las productivas labores del campo dispersándose o juntándose según lo vaya dictaminando la necesidad o el antojo. En estos nuevos jardines renaturalizados hasta el cielo se expande y agita, como lo indica una bandada de pájaros foráneos, un grupo compacto tomado de una de las primeras fotografías de Muybridge cuando estudiaba el movimiento de las aves como un Leonardo gringo.
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Ahora... volviendo al catálogo en que terminó involucrado este Ex-Libris Paisa, este Peso-mujer, ¿qué tendría finalmente que ver el cambio de sexo o de género de un billete de a Peso, que además ya nadie usa, con el contexto político implicado en esta exposición?

Se habla siempre del reverso, de “la otra cara de la moneda”, de la delegación aleatoria, del carisellazo como modo de resolver un asunto, de decidir una opción : “¿Es usted un artista político? ¿Estuvo o no estuvo en el sitio del crímen? ¿Hablará para siempre o prefiere callar?”.

Difícil tranzar. Sobre todo cuando se trata de un billete que como cualquier hoja al viento, podría (si es que no se pierde) caer entre el pasto, es decir, vertical.


[1] Primer Premio, “Ex-Libris” Biblioteca Luis Angel Arango. Bogotá. Incluido en Ex-Libris & their owners -exhibición y catálogo publicado por el Belgrade Ex-Libris Circle- Zepter Gallery, Novi Beograd (1995); St, Bride’s Printing Library, London (1966); Mitchell Library, Glasgow (1997).

- Artículo referido en Fisae XXXI Congress