25 febrero 2010

Bonito Oliva y la Transvanguardia



Así presentaba la revista Actuel #49, en noviembre de 1983, al crítico estrella del momento en una edición especial producida entre 8 revistas europeas:

"Voilier très hard - Critique très fier"
“Este intelectual narcisista que no vacila en posar desnudo, es Achille Bonito Oliva, gran crítico de arte italiano.

“Yo, que pertenezco a la cultura internacional, tengo la impresión que la Trans-vanguardia a vuelto a darle a Europa su autonomía cultural. Aprovechamos la falta de motivación de los Americanos y asistimos al nacimiento de una nueva sensibilidad. La cultura se hace menos abstracta y se libera de los grandes antagonismos mundiales. La admiración infantil por el tercer mundo a desaparecido. Cada cual recupera sus raices y su originalidad. Ese orgullo europeo que impulsaba a cada uno a ofrecerse como ejemplo ya no existe: los europeos han descubierto el gusto del intercambio y la ironía.


Cinco años más tarde, a finales de 1988, y en pleno apogeo de su fama, Achille Bonito Oliva estuvo en Bogotá. Sus dos conferencias en la Universidad Nacional contaron con una nutrida asistencia ansiosa de escuchar al renombrado crítico italiano.

En la segunda conferencia, y ante la falta de un traductor simultáneo -lo que estuvo a punto de hacer cancelar el encuentro- le ofrecí mi modesta mediación. Como podrá suponerse, el encuentro estuvo algo movido ya que mi conocimiento del idioma italiano llega hasta 'entender' pero no hasta desempeñar con solvencia, en vivo y en directo, este oficio exigente. Mientras Achille se jalaba los pelos al modo imperial ante mi espíritu de síntesis, yo le replicaba diciendo que agradeciera que al menos alguien le había salvado la charla. Así, después de limar asperezas, la cosa fluyó por el cauce de una tolerancia recíproca.

Como la conferencia fue oportunamente grabada, y para desquitarme de mis eventuales falencias, la traduje enseguida acompañándola con unos comentarios que quise introducir al respecto. La revista Gaceta de Colcultura la publicó en su número 1 en marzo-abril de 1989.
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Continúa en testa[ferro

18 agosto 2009

El nido del ángel



Más de diez artistas, críticos y curadores responden semanalmente un único cuestionario sobre arte y política. En esta ocasión, Francesca Bellini le hace estas preguntas al artista Mauricio Cruz Arango.

Entrevista publicada en La Nueva Prensa y en esferapública el 13 de agosto de 2009



1. ¿Para qué sirve el arte?

Para lo mismo que sirvió ir a la luna. Lo que no impide que alguien pueda ponerse a vender su servicio para capitalizar la mediación. Creo que cualquier definición que se intente limita su campo de acción.

2. ¿El arte y la política deberían mezclarse?

La política del arte es mezclarse. Si toda actividad humana es social, incluyendo los antisociales, la pregunta carece de sentido. Entre políticos y artistas lo que cuenta son las excepciones.

3. ¿Ha llegado la hora en que los políticos sean reemplazados por los artistas?

¿De dónde viene la idea de que los artistas, a priori, sean mejores que los políticos? Será porque el arte es todavía una palabra con estatus. Otra cosa es que les dé por intercambiar papeles  para ganarse los favores del público.

McLuhan, en 1970, observó: “Confrontados con el nuevo ambiente de la radio, el negro americano creó el jazz –una forma de arte que integraba todas las culturas del mundo. El establecimiento no se dio cuenta de esto y comenzó a ‘integrar’ al negro.”

4. ¿Cree usted que el arte es una forma válida de activismo?

Mientras los activistas buscan transmitir una culpa a otros artistas por no corresponder a una situación inmediata, por no ‘servir para algo’, las nuevas tecnologías permiten un tipo de actividad con sutiles y profundas consecuencias sociales sin necesidad de ampararse en una particular ideología. La diversidad es la regla.

5. ¿Debe haber ética en el arte?

La exigencia que el arte supone es ya suficiente; lo demás es parcial, doctrinario. El tonito moral que se está utilizando sirve apenas para maquillar carencias de talento.

6. ¿Qué no es ético en el arte?

Meter gato por liebre, apoyarse ortopédicamente en la ilusión ‘conceptual’ del espectáculo. Un efecto puramente mediático que no logra instalarse en la psiquis realmente. Una seducción sin consecuencias.

7. ¿El arte es una forma de lucha?

El arte es una lucha contra las dificultades que el arte mismo supone. Mi posición en este caso depende de aquello que tenga entre manos. Por ejemplo, la diferencia que habría entre explorar juegos del lenguaje, observar la cultura norteamericana, o cubrir una superficie con pintura siguiendo una cierta estrategia. Todo esto, para mí, son problemas.

8. ¿Se considera un artista político o un artista crítico?

La crítica es una actitud espontánea y natural pues todo acto de conciencia, al ser reflexivo, la incorpora. Toda situación genera decisiones, es decir, crítica: que si esta coma aquí, que si este color o esta cosa allá, que cuáles medias me pongo... Sin embargo, más que 'criticar' sistemáticamente, postergando lo creativo, me interesa más hacer ver, mostrar algo.

9. ¿Para qué hace su obra?

Para explorar relaciones posibles entre imágenes, palabras, ideas y cosas. Para resolver artísticamente el enigma que se va presentando.

10. ¿Para quién hace su obra?

No sé. Lo que que sí es claro es que soy el primer espectador. Aunque todo eso es bastante gratuito, pues en últimas es la obra quien genera y convoca el público adecuado.

11. ¿A qué artistas admira?

Mi lista (en Facebook) es esta: Fidias, Carpaccio, Durero, Van Eyck, Giorgione, Le Nôtre (jardinero), Jean Goujon, Velázquez, el Greco, Hokusai, Ingres, Grandville, Géricault, Van Gogh, de Chirico, Munch, Magritte, Giacometti, Duchamp, Johns, Cage, Guston, Walker Evans (fotógrafo), Reinhardt, Cragg, Cattelan, David Lynch (cineasta)... A los que habría que añadir: Winsor Mcay, R. F. Outcault (The Yellow Kid), Chris Ware, Jean-Jacques Sempé, Chester Gould (Dick Tracy), Richard Mcguire, David Carson...

Como podrán darse cuenta, en este ejercicio de crítica todavía no he incluido a ningún colombiano.

12. ¿A quién censuraría si pudiera?

Siguiente pregunta.

13. ¿Qué le molesta del mundo en el que vivimos?

El fanatismo. Los lugares comunes. La actualidad ignorante. Las inflaciones mediáticas. La vulgaridad descarada y triunfante.

14. ¿Tenemos esperanzas de salir del atolladero?

El 'atolladero', como usted lo llama, es el caldo de cultivo de todas las cosas. El ‘mierdero’ es el nido del ángel.

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09 febrero 2009

Duchamp y Matisse



Por Ulf Linde Publicado en la revista Gradiva #9, Año IV, octubre de 1990 (traducción del francés: mauricio cruz)


Sobre el color de Matisse -color en el sentido acostumbrado de calidad del color- uno no tiene ningún asidero. Es transparente, tenue tal vez, pero una vez que usted abandona sus cuadros, verá que lo han capturado. ... Matisse me interesa enormemente. Marcel Duchamp *


A la luz del escepticismo con el cual consideraba todo arte "que apele a los sentidos", la admiración de Duchamp por Matisse parece casi inexplicable; ¿dónde podría uno encontrar una pintura más dificil de explicar a un ciego que aquella de Matisse?

Las líneas que he citado como encabezamiento pueden también parecer intrigantes desde otro punto de vista.

¿El color de Matisse no impresiona, precisamente, sobre el momento? Sin embargo Duchamp percibe toda su intensidad después -"cuando usted abandona sus cuadros... ". Dice que el color de Matisse es tenue, pero no dice nada del rojo, el azul, el verde, tan intensos... ¿En qué sentido, entonces, puede pretender que sea difícil tener un asidero sobre esta simplicidad de tono? ¿Habrá respondido a su entrevistador con un ápice de ironía? De ninguna manera.

Muy probablemente Duchamp cumplió aquello de lo cual dijo que ningún espectador calificado podría abstenerse, es decir, que "el espectador establece el contacto de la obra con el mundo exterior descifrando e interpretando sus calificaciones profundas".[1]

En cuanto a lo que es el color de Matisse -azul por ejemplo- no le preocupa, lo que sí le interesa, es lo que ese color significa: habiendo establecido un contacto entre el color y "el mundo exterior", sabe, por haberlo sentido, que esa relación -término que Matisse prefería a cualquier otro- subsiste aún después de haber abandonado lo que se ha visto.

Un prejuicio ampliamente difundido quiere hacer creer que las palabras serían a priori más "abstractas" que los elementos constitutivos de una pintura, que las manchas de color por ejemplo. Sin embargo, muchos de los que poseen la experiencia requerida para permitirse tal comparación, han podido convencerse de que los buenos poemas pueden hacer surgir "visiones interiores" mucho más precisas que las malas pinturas. Courons vers l'horizon, iI est tard, courons vite, Pour attraper au moins un oblique rayon! (Corramos hacia el horizonte, se hace tarde, corramos rápido, Para atrapar al menos un oblicuo rayo!). ¿Cuántos paisajes pintados tienen la capacidad de hacer ver tan claramente como estas líneas de Baudelaire?

De acuerdo, podría señalarse que un paisaje pintado, incluso si es un pegote, ofrece un número mayor de indicaciones: aquello, es un arbusto; y aquello, un arroyo, etc. ¡Podríamos extender la lista! Pero si se trata de una mala pintura esta serie de constataciones no va más allá de lo que se obtendría de un léxico con las palabras arbusto, arroyo, etc. Lo que significaría, en últimas, que los elementos de una mala pintura -así como las palabras de un léxico- no representan más que conceptos. (Este criterio negativo es igualmente aplicable a una pintura "abstracta" por ejemplo en la que un cuadrado verde no representa más que el concepto "cuadrado verde".)

Pero en realidad no se trata tan sólo de malas pinturas. Lo esencial es el acto mental por el cual se determina el sentido de un signo, sea éste escrito o pintado, estableciendo "el contacto de la obra" con... un concepto.

Para el nominalista que fue Duchamp, este acto era netamente insuficiente. Las indicaciones acerca de lo que es el objeto representado en el cuadro, sobre lo que es el color que uno ve... todo aquello no podrá dar nada más que clasificaciones. Sería perfectamente posible construir un aparato que se encargara de tales clasificaciones sin lograr jamás registrar "la misteriosa perplejidad" que es para Duchamp lo propio del arte: "la víctima de un 'eco estético' se encuentra en una situación comparable a aquella de un enamorado o un creyente que abandonando su ego exigente se somete perdidamente a una deleitable y misteriosa perplejidad", según dijo.

En nuestro contexto, no sobra resaltar hasta qué punto esta anotación se asemeja a aquello que Duchamp decía de Matisse: "... una vez que usted abandona sus cuadros, verá que ellos lo han capturado".

Si las palabras "un oblicuo rayo" se leyeran en un manual de óptica, representarían cualquier rayo oblicuo, es decir, una idea general, un concepto. Serían pues incapaces de suscitar "un eco estético", en el sentido en que lo entiende Duchamp. Y ya que este eco se percibe en la lectura de Baudelaire; encontramos ahí sin embargo las mismas palabras sólo que esta vez despiertan una visión interior única, que surge de lo más profundo que cada cual lleva en sí: precisamente la experiencia de la cual Duchamp ha dicho un día que era "la explosión solitaria de un individuo entregado a sí mismo".[2]

Pero esta "explosión poética" no se produce sobre la retina. En cambio, puede ser provocada por una impresión visual, por una pintura, así como por un poema. Un color negro, sobre un cuadro de Matisse, puede muy bien generar una fuerte visión interior -un "eco"- de una intensa claridad, y un rojo de cadmio luminoso, un "eco" ensombrecido. La poesía, "la explosión solitaria", no coincide con la sensación visual -aquella de un "azul" por ejemplo- que pueda designarse por una palabra, un término conceptual.

Para quien ha vivido esta irracional revelación, ese milagro que produce el color de Matisse, no le es difícil comprender en qué sentido Duchamp pretendía que uno no tenía asidero sobre el; ya que es de una inatrapable, de una indefinible precisión: exacto, sin tener que conformarse a un sistema. Tampoco es difícil comprender porqué podía decir: "El más grande de todos es Matisse".


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N. T.

[1] El acto creativo Session on the Creative Act. Convention of the American Federation of Arts. Houston, Texas, April 1957. Participants: Professor Seitz, Princeton University. Professor Arnheim, Sarah Lawrence College. Gregory Bateson, anthropologist. Marcel Duchamp, mere artist.

[2] Colegio -Ha de ir el artista a la Universidad? Texto de una alocución (en inglés) pronunciada por Marcel Duchamp a raíz de un coloquio organizado en Hofstra el 13 de mayo de 1960.

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* Leyendo la entrevista concedida por Duchamp a la revista Art and Decoration, New York, 1915 (recién desempacado de Paris a su temprana celebridad 'americana') me encuentro con la frase que introduce este texto, evidentemente más completa:

Redon est une des sources où Matisse s'est abreuvé, consciemment ou no. La couleur de Matisse n'a pas la solidité de celle de Cézanne, mail il ne faut pas le regarder de la même façon. Il n'y a rien que vous puissiez saisir dans la couleur de Matisse, pas dans le sens ancien de la qualité de la couleur. Elle est transparente, fin, peut être, mais quand vous vous éloignez de ses peintures vous vous apercevez qu'elles se sont emparées de vous.


02 julio 2008

Por el lugar de los jardines



Publicado en la revista ESTRATEGIA Económica y Financiera -Dic 1 de 1995



















Como dice Derek Clifford en su clásico libro A History of Garden Design: "Hubo una época en el siglo XVI en Italia, en el XVII en Francia, y en el XVIII en Inglaterra, cuando fue considerado un arte muy importante, tal vez el más importante, uno en el que todos los otros se encontraban. Pintores, arquitectos, escultores, poetas y filósofos ofrecían sus mentes a la comprensión de su naturaleza y el perfeccionamiento de su práctica." Los jardines, sea cual sea su escala y concepción, están construidos sobre la idea esencial del Paraiso, de ahí que su referencia sea necesariamente original, anterior. Sin embargo, el tema constante y actual es que los jardines reflejan la ‘naturaleza’ de la sociedad a la cual pertenecen. Un privilegiado punto de encuentro entre naturaleza y cultura.

No deja de ser extraño, entonces, que la historia del arte desconozca en sus registros actuales el elevado y muy complejo arte del diseño de jardines. Tal vez esto se deba a que estamos frente a una forma de expresión que supone unos excedentes de energía y una noción del tiempo extendido y constante que épocas tan atareadas como las nuestras no están en capacidad de atender. Además de que los escenarios del poder se han desplazado a los media.

Sin embargo, si el jardín ha sido un lujo y un placer, “una ensoñación del mundo que –al mismo tiempo- nos transporta fuera de él”, es posible que ahora, cuando el desequilibrio ambiental es una señal evidente, sea precisamente una actividad como esta la que podria interesarnos. No tanto ya como un lujo agregado, en el sentido tradicional, sino como simple cuestión de supervivencia.



1
Representaciones medievales del Paraiso como EDÉN. Puede apreciarse el cerramiento del espacio: uno con una puerta roja custodiada y el otro con una muralla. Se trata del Hortus Conclusus o 'huerto encerrado' representando la intimidad protegida de ese espacio perfecto. Asimismo, se muestra la idea de los cuatro rios o direcciones cardinales que brotan del centro, coincidiendo con la figura de la fuente de agua viva. El la Kabala, el PARDES es el dominio del conocimiento superior, las cuatro consonantes (PRDS -Paraiso) corresponden a los cuatro grandes rios.


2
En este tapiz turco con la imagen del árbol central o ‘Árbol de Vida’, puede apreciarse el territorio ornamental adjudicado al Paraiso. La alfombra es entonces (con árbol o sin él) un espacio simbólico que se lleva consigo a manera de un jardín portátil. Como subraya Abû Ya’ q’ û Sejestani, JANNAT (el paraiso) recubre el término persa que significa “un jardín flanqueado por árboles frutales, plantas olorosas y corrientes de agua viva. ... Igualmente, los altos dones infusos de la inteligencia y del alma son el jardín de la clara percepción interior. Alá es el jardinero.”










3
La otra variante del paraiso terrestre es esta representación de una ciudad utópica: la Jerusalem Celeste, imagen de una totalidad cultural, reintegrada. La fuente en el centro la relaciona, genéticamente, con el jardín. Sin embargo, aqui la Cultura toma la iniciativa sobre la expresividad y exotismo del ‘desorden’ natural, ya que los jardines han sido por lo general una proyección del control humano. Una imagen elocuente del poder.








4
El ejemplo característico del jardín italiano es el de Villa d’Este en Tívoli. La ocupación del espacio en un territorio enfáticamente escalonado y la diversidad de los juegos de agua -como la sorprendente Fuente del Órgano y las Cento Fontane- asi como los grupos escultóricos lo convierten en un complejo e imbricado ‘texto’ material. No en vano fueron los romanos quienes llevaron el jardín a los más complejos refinamientos mezclando audázmente arquitecturas, estatuas, escaleras, fuentes, grutas y toda clase de estanques, cascadas y fuentes sometidas ingeniosamente tanto a la ley de la gravedad como a la expresión de una voluntad imperiosa. Fue directamente del Islam que los italianos aprendieron el arte de los juegos de agua, así como el arabesco ornamental copiado -según dicen- por Leonardo a partir de encuadernaciones islámicas.


5
Versalles, con el trazado extendido y rigurosamente geométrico de sus múltiples perpectivas que le corresponde al ‘jardín formal francés’, se abre más decididamente hacia el horizonte proyectándose desde las arquitecturas formidables del palacio de Luis XIV, el Rey Sol, en un gesto evidente de poder. El jardinero Real, André Le-Nôtre, fue uno de los más extraordinarios de todos los tiempos, adjudicándole a este arte una amplitud y un refinamiento en acuerdo perfecto con la tradición heredada de su padre y abuelo, ambos jardineros. En palabras de B. Jeanel, “un jardín no puede juzgarse más que cuando logra expresar, escondido en la armonia de sus arreglos, la suma de conocimientos que sostienen los nuevos imperativos éticos del poder”.





6
El jardín inglés, en cambio, reaccionando de modo radical a este tratamiento ‘controlado’, se dispone en amplios ordenamientos camuflados en los accidentes y ritmos naturales. En Stowe, el más influyente jardín de la época -diseñado sucesivamente por Bridgeman, Kent y Brown en la primera mitad del siglo XVIII- los estanques, caminos y masas de vegetación son intencionalmente irregulares. ‘Capability’ Brown, el así llamado maestro que convirtió los jardines en lo que hoy se conoce como ‘paisajismo’, llevó este planteamiento a sus últimas consecuencias: el paisaje parece natural pero todo es puesto ahí artificialmente en un despliegue escenográfico de pura transparencia. Como si los ingleses hubieran descubierto que la idea del 'jardín' no era muy diferente a su propio paisaje. Haciendo de esa constatación el acto de fe que pusiera sus jardines naturales en capacidad de competir con lo que en otros paises fuera un esfuerzo organizado de la imaginación. Como dijo Whistler, equívocamente, “decirle al pintor que es necesario tomar la naturaleza tal y como es, equivale a invitar al pianista a sentarse en el teclado.”


7
En Persia, como en Japón, la significación del jardín asume un sentido no solo cósmico sino también metafísico. En el jardín Zen japonés (de piedras o arbustos tallados, distribuidos sutilmente sobre un lecho de arena rastrillada) la disposición de estos materiales simples y desnudos parece invocar otra cosa a partir de su mera presencia. El vacio, noción principal de la mentalidad oriental, resulta en esta caso ‘substancial’ en cuanto no se trata sólamente de una serie de objetos-en-el-espacio como del arreglo estratégico de una dimensión de intervalos sensibles entre las cosas.

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05 junio 2008

El cuestionario Proust reciclado



Publicado en la Revista Estrategia económica y financiera -Septiembre 15 de 1995.


















Manuscrito autógrafo de M. Proust, hacia 1885. Album inglés encuadernado y titulado:
Confessions. An album to record thoughts and feeling


Si bien las preguntas que conforman este cuestionario –un juego doméstico de orígen inglés– no son ocurrencia del escritor Marcel Proust (1871-1922), lo que lo erigió en prototipo fueron las respuestas que dio, primero a los 14 años, revelando un refinado y directo perfil femenino en un adolescente educado, y luego a los 20, introduciendo diferencias sutiles y netas. Desde entonces son muchas las personas, y los personajes, que se han ensayado en esta oportunidad de retrato. Equivalente portátil del psicoanálisis freudiano que surgió entre el XIX y el XX, el mismo período sobre el que se extiende la vida de Proust.

Sin embargo, a pesar del valor documental de los sentimientos y aspiraciones de la época registradas en estas detectivescas preguntas, se siente que carecen (como otros habrán ya notado) del mobiliario cultural al que estamos habituados. Lo que se propone, entonces, es una actualización comentada a partir de las preguntas originales y una que otra question agregada.



LAS PREGUNTAS (tomadas de los dos cuestionarios) + 13 SUGERENCIAS


[1] ¿Cuál sería para mí el colmo de la miseria? (Quel serait mon plus grand malheur?)  La inclinación de sus “hábitos introspectivos anormalmente desarrollados” nos enfrenta de entrada, y con sencillez despiadada, a uno de aquellos fantasmas que gobiernan los terrores humanos. En contraste,

[2] ¿Dónde quisiera vivir? (Le pays où je désirerais vivre) reacciona a la miserable situación anterior con ensoñadora y turística compensación geográfica. Igualmente,

[3] Mi sueño de felicidad (What is your idea of earthly happiness? -en el original inglés; Mon rêve de bonheur -versión Proust) no hace más que deslizarse por el tobogán del deseo señalado por el punto ‘de fuga’ de la anterior proyección.

Por esenciales, estas tres preguntas conservan vigencia. Todas interrogan la misteriosa y atávica incomodidad que percibimos a ratos en la vida. La tercera, en cambio, si nos atenemos a la precisión (terrenal) del inglés, permite suponer la posibilidad hipotética de una felicidad extra-terrestre. Pues, como dice la doctrina científica, a falta de cielo buenos son planetas.

[4] ¿Cuáles faltas me inspiran mayor indulgencia? (Fautes qui m’inspirent le plus d’indulgence) tiene en cambio el mérito de resumir en un espíritu más tolerante y más práctico (más aterrizado) la intimidación patriarcal de los Diez Mandamientos. Mientras que la siguiente, más selectiva,

[5] Mis héroes de novela favoritos (Mes héros dans la fiction) pone al descubierto la ansiedad del escritor por la supervivencia literaria de sus personajes (la propia). Lo que podríamos hoy complementar por un 'reparto estelar' más cinético, acorde con nuestra idea de lo legendario y lo mítico:

+ Mis superhéroes favoritos (suponiendo que los actores, haciéndo de héroes, adquieran virtudes bajo el efecto hipnotizante que el espectáculo produce en nuestra mente). Pregunta que incluye a nuestros héroes de historieta dibujados en cómics.

[6] Mis personajes históricos favoritos (Who are your favorite characters in history?) es una que viene enmarcada en dorado (bastante europea) y que tendrá validez mientras quede memoria, o hasta que el personaje en cuestión sobreviva al desgaste infligido por los medios masivos. La adolescente respuesta de Proust: “Una mezcla de Socrates, Pericles, Mahoma, Plinio el jóven y Augustin Thierry”, revela de todos modos afinidades combinatorias con el mito moderno de Frankenstein.

[7] Mis heroínas favoritas en la vida real (Mes heroïnes favorites dans la vie réelle) resulta ser una forma moderna de galantería al momento de sacarlas del reino intocable de la imaginación hacia el campo de pruebas de la vida real. “Una mujer de genio llevando una vida corriente” (A woman of genius leading an ordinary life), como anticipó la famosa respuesta de Proust, a los 14! y que en la segunda versión dejó sin contestar. La que a propósito de logros sociales deriva en:

+ Lo qué pienso de la liberación femenina

[8] Mis heroínas favoritas en la ficción (Mes héroïnes favorites dans la fiction) retoma con inocultable adicción la sublimación fantasiosa ante el encanto de siempre. Labor continuada por la industria del espectáculo y la publicidad con recursos formales aún más explícitos; todo con el fin de orientarnos hacia algo más concreto:

+ Las actrices y modelos que prefiero

Responder las que siguen:

[9] Mis pintores favoritos (Mes peintres favoris) y

[10] Mis compositores preferidos (Mes compositeurs préférés) supone la existencia de un fondo tradicional, cultivado. Notando de paso que la pintura (Picasso) dejó hace rato de ser popular, mientras que la música lo es cada vez más gracias a su capacidad de comunicación instantánea. Así, televisión - pintura + imágenes en movimiento = culturas de consumo veloz. [Cuando la lentitud se convierta en un arte, la pintura tomará su revancha]. Resumiendo:

+ Los artistas que más me interesan

Por su parte,

[11] La cualidad favorita en el hombre (La qualité que je désire chez un homme) y

]12] La cualidad favorita en la mujer (La qualité que je désire chez une femme), admiten todavía una cierta curiosidad heterosexual a pesar de todos los intentos -desafortunada o afortunadamente fallidos- de resolver la diferencia.

[13] La ocupación que más me gusta (Mon occupation préférée) y

[14] Aquello que quisiera ser (Ce que je voudrais être) enfrentan una actividad y un deseo a ver qué tan grande resulta la brecha entre un presente satisfecho y un futuro por ver. Por otra parte, si consideramos algunos detalles del lenguaje (las diferencias entre el qué, el aquello, o el quién), el cambio de “quién quisiera ser” por “aquello que quisiera ser”, supone posibilidades que desbordan las identidades humanas hacia una serie de encuentros cercanos de cualquier tipo. Criaturas, entidades, u objetos en los cuales podríamos encontrar alguna oportunidad de evasión.

Mientras tanto, ante la posibilidad de que esto pudiera llegar a suceder, la pregunta podría convertirse en

+ Aquello que quisiera tener. Ser y/o tener, la única pregunta del cuestionario hamletiano... Y toda la oferta tangible y medible que los ardides pragmáticos del american dream nos puede ofrecer.

[15] El rasgo principal de mi carácter (Le principal trait de mon caractère) resulta en cambio introspectiva en el sentido de que apunta socráticamente a la intención principal del cuestionario: conocerse. Como dijo Proust, “las personas enfermas se sienten más cercanas a sus almas.”

Lo que no tiene mucho que ver con la descarga adrenalínica que subyace en el espíritu competitivo. ¿Hay alguien más feliz que un comentarista deportivo?


Ante esto,

[17] Mi color preferido (La couleur que je préfère), así como

[18] La flor que más me gusta (La fleur que j'aime –agregada por Proust al cuestionario original), son preguntas clásicas, de reinado de belleza, certificando ambas la necesidad imperiosa y visual del bálsamo estético. En todo caso -y esperando que el invisible poder terapéutico de las ‘esencias florales’ le añada complejidad a la pregunta por la flor- resulta un tanto extraño que Proust, aislado en su legendaria habitación forrada en corcho, pretendiera también poner a raya el impetuoso reclamo olfativo. Agregamos entonces (por aquello del sugestivo olor que desprenden las almendras en las madeleines[1]) la pregunta que falta:

+ El aroma que más me impresiona, ofreciendo así mismo un espectro más amplio.

La que sigue, más zoológica,

[19] El pájaro que prefiero (L'oiseau que je préfère), y entendiendo que existen culturas de elevada conciencia ornitóloga –sensibilizadas en el entrenamiento perceptivo de las acuarelas y la poesía- nos resulta igualmente parcial. Sobre todo si tenemos en cuenta la variedad (cada vez menor) de la fauna no antropoidea y el juego de analogías insólitas que puede suscitar. De ahí que nos atrevamos a sugerir una opción admirativa más amplia sobre tan increíble repertorio:

+ Los animales más sorprendentes

De allí, el escritor en Proust -casi todo- retorna a la familiar

[20] Mis autores favoritos en prosa (Mes auteurs favoris en prose) y a su inevitable pendant,

[21] Mis poetas preferidos (Mes poètes préférés), suponiendo la sobrevivencia de esa especie también en peligro: el lector. Un par de preguntas que podrían plantearse más polémicamente, ya sea indagando por el estatus actual de la poesía,

+ Aquello que me resulta poético,

o por el arte de los directores de cine,

+ Los directores de cine que prefiero.

Continuando con este registro ejemplar,

[22] Mis héroes en la vida real (Mes héros dans la vie réelle), y su variante en género y lugar,

[23] Mis heroinas en la historia (Mes héroïnes dans l'histoire), ponen de manifiesto los tres espacios imaginarios en Proust: la historia, la ficción, y la vida real. Precisando que la idea popular del héroe actual difiere significativamente del héroe antiguo en cuanto los de ahora -aparte del heroismo fugaz, de noticiero, o héroe del día anticipado por Warhol[2]- son más pragmáticos y bastante más instrumentados. Como si la tecnología implicada en el adiestramiento normal mercenario (Rambo X, Terminator), otorgara un valor agregado. La pregunta entonces sería:

+ ¿Qué pienso de los héroes?

[24] Mis nombres favoritos (Mes noms favoris), aparte de la desapercibida proyección cabalística de los padres fascinados ante el nuevo retoño, esta pregunta nos hace pensar en las ocupaciones creativas del dandy, el crítico, el ocioso. Labor bautismal que mantiene esta pregunta vigente, tal cual.

[25] Lo que detesto por encima de todo (Ce que je déteste par-dessus tout) no debería por su parte ignorar la función terapéutica que podría tener una respuesta directa, diríjase o no a sí mismo -Muy advertidos de que la fijación en gustos y disgustos construye laboriosamente su jaula.

[26] Personajes históricos que más desprecio (Personnages historiques que je méprise le plus) continúa con el mismo veneno tardío -decir ‘Hitler’, aunque sea verdadero, no es muy original. Siguiendo con la tónica,

[27] El hecho militar que más admiro (Le fait militaire que j'admire le plus), una como para coleccionistas de soldaditos de plomo, resulta más bien napoleónica. Hoy por hoy podría indagarse por alguna proeza tecnológica, incluyendo por ejemplo el debate de si las bombas atómicas de Chirac en el ‘Pacífico’ son afirmaciones científicas o peligrosos rugidos políticos pasados de moda.

+ El hecho humanitario que más admiro ofrecería por su parte un contraste valioso a la ferocidad ancestral que sostiene la belleza estratégica del eventual casus belli o ‘motivos guerreros’. De ahí que a


[28] La reforma que más admiro? (La réforme que j'estime le plus), podría agregarse la variable inventiva como factor no-ideológico de reformas profundas. Como por ejemplo, la aplicación de códigos genéticos al lenguaje del computador con el objeto de producir vida artificial, y esas cosas.

+ La invención más sorprendente

Las que siguen pretenden tentar nuevamente la posibilidad personal, ensoñadora:

[29] El don natural que quisiera tener (Le don de la nature que je voudrais avoir) y

[30] Cómo quisiera morir (Comment j'aimerais mourir) representan inquietudes naturales que, según los avances de la bioquímica, podrían conducir hacia un tipo de prótesis biónicas o drogas metafísicas (el ‘cielo’ en un frasquito) para mitigar seriamente limitaciones precisas o casos terminales.

La penúltima,

[31] Estado presente de mi espíritu (État présent de mon esprit) es una pregunta muy útil para aterrizar de las dimensiones históricas y ficticias a una “realidad” por siempre entre comillas.

Para terminar, Proust propone la muy medieval

[32] Mi divisa (Ma devise) al estilo de los torneos en donde la reluciente armadura y su emblema distinguen al caballero en la decisiva batalla contra sí mismo. 

Respuesta que podría inclinarse hoy en día hacia otro tipo de ‘divisas’:

+ Mi slogan, que es como se llama en el torneo económico actual.


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Notas

1. The Proust connection

http://en.wikipedia.org/wiki/Madeleine_(cake)

Madeleines are perhaps most famous outside France for their association with involuntary memory in the Marcel Proust novel À la recherche du temps perdu (Remembrance of Things Past in the first translation, more recently translated as In Search of Lost Time), in which the narrator experiences an awakening upon tasting a madeleine with limeflower tea:

“She sent out for one of those short, plump little cakes called petites madeleines, which look as though they had been moulded in the fluted scallop of a pilgrim's shell. And soon, mechanically, weary after a dull day with the prospect of a depressing morrow, I raised to my lips a spoonful of the tea in which I had soaked a morsel of the cake. No sooner had the warm liquid, and the crumbs with it, touched my palate than a shudder ran through my whole body, and I stopped, intent upon the extraordinary changes that were taking place…at once the vicissitudes of life had become indifferent to me, its disasters innocuous, its brevity illusory…”
— Remembrance of Things Past, Volume 1: Swann's Way.

2. Warhol predijo con certeza el fenómeno de la fama fugaz, instantánea, cuando dijo que “todo el mundo será famoso al menos durante 15 minutos”. Lo que a estas alturas ya se ha confirmado.


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Vínculos

Acerca de:
http://fr.wikipedia.org/wiki/Questionnaire_de_Proust

Las respuestas de Proust:
The Infamous Proust Questionnaire
http://www.chick.net/proust/question.html

Para contestarlo uno mismo: [versión de 26 preguntas]
http://pagesperso-orange.fr/chabrieres/proustquestionnaire.html


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04 junio 2008

Arqueologías del presente



Reseña publicada en revista ESTRATEGIA económica y financiera -Septiembre 15 de 1995

Una pregunta a partir de Ensayo General, exposición de arte contemporáneo en la Biblioteca Luis Angel Arango del Banco de la República.


Antes, el artista trabajaba pensando que sus obras podían llegar a inscribirse en el espacio prestigioso del museo después de haber pasado por algunas colecciones privadas, acumulando prestigio a través del tiempo, gradualmente. Como esas pinturas chinas que se van adornando con los sellos de sus diferentes propietarios en una especie de curriculum explícito alrededor de la imagen.

Ahora el artista trabaja directamente para el museo en un acto de validación que prescinde de los juicios temporales que el museo, en cuanto depósito de valores certificados, supone. Ante esa inmediatez, los filtros de la crítica sobran.

Desde que se puso de moda la instalación (especie de escenografía ampliada a partir del collage con cosas de lo más heterogéneas), el asunto de los espacios contextuales del arte y sus consecuentes maniobras de legitimación se ha hecho cada vez más evidente.

Una instalación no es solamente aquello que se instala sino también, con frecuencia, el acto temporal, performático, en que inscribe su puesta en escena. También es usual que las obras, en ausencia del artista, vengan acompañadas de un verdadero manual de instrucciones con los detalles precisos relativos al montaje y su correcta manipulación. Sobre todo cuando las propiedades de los objetos y los materiales que intervienen poseen un carácter insólito y precario, altamente vulnerable. Como coleccionar, por ejemplo, dos metros cuadrados de pólen o una laja de mármol cubierta hasta los bordes de leche (piezas de Wolfgang Laib) sin que el polvo contribuya o el viento irrespete o evapore su tenue perímetro.

Pero como esto no ha de ser un obstáculo a las necesidades expresivas del artista, la instalación, cuando no aparece inicialmente destinada al espacio público y/o a su posterior destrucción (quedando tan solo el documento) está siendo pensada necesariamente en relación con la institución o el espacio artístico que maternalmente la acoge; lo que significa que es un tipo de obra concebida para esos lugares. Además, si no es el mismo museo de arte ¿quién las compra? No es difícil suponer que la disponibilidad del coleccionista privado pueda verse limitada por las minucias de su ubicación y los detalles de su conservación permanente.

La pregunta entonces, sería : si los museos de arte contemporáneo, por principio, coleccionan el presente ¿no es este un tipo de negociación que compromete al artista y a la institución en un juego de valoración inmediato –meramente contextual– en una evidente y muy paradójica arqueología del presente?

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25 septiembre 2007

Glenn Gould entrevista a Glenn Gould a propósito de Glenn Gould



Un par de textos traducidos del francés y publicados en la revista Gradiva, Año III, Nos. 7-8, en septiembre de 1988


1 (Gould)

“Yo soy un escritor canadiense y un hombre de comunicación que toca el piano en sus ratos libres”.

Curiosa manera en uno de los más talentosos pianistas de descentrar su ‘oficio’ con respecto a su persona.

Desertor de las salas de concierto a los 32, en pleno apogeo de su fama, Glenn Gould se retira definitivamente al estudio de grabación. Con respecto a esta decisión que tantas polémicas ha causado, él pensaba que la tecnología se interponía positivamente entre “la fragilidad de la naturaleza y la visión de una realización ideal”. De este modo su pluralismo en la ejecución asigna una nueva función al intérprete, el cual, captando la obra en su estructura, traspone la realidad de un modelo sobre su propia concepción.

Gould es también de aquellos artistas que no temen proponer la singularidad de su pensamiento autocrático; dice que en el mundo del arte no debería existir ‘demanda’ sino tan sólo un concepto de oferta... Lo que en su caso viene a ser una pura “ofrenda musical”.

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"En este texto, bastante revelador del genio de su autor, Glenn Gould se pone a sí mismo en escena: en el, vemos aparecer por alusión y con humor evidente el personaje de leyenda con sus fobias: el horror del contacto físico y los apretones de mano, la hipocondría, y más profundamente, el teórico de una humanidad depurada, el moralista austero y convencido que ha sabido, haciendo caso omiso de la búsqueda estéril de los honores y placeres mundanos, lograr acordar su vida y su fe: 'el último de los puritanos'".

Este texto fue publicado por varias revistas americanas, dentro de las cuales el High Fidelity Magazine de febrero de 1974.


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Glenn Gould –Señor Gould, creo saber que usted es más bien del tipo –perdone la expresión- duro de roer en lo que concierne las entrevistas.
Glenn Gould –¿De verdad? No estaba al corriente.

G. G. –Y sin embargo es el rumor que corre entre la gente de los medios, pero yo quisiera solamente tranquilizarlo prometiéndole excluir toda pregunta que pudiera parecerle por fuera de los límites de lo que usted quisiera comunicarnos.
G. G. –No veo realmente qué tipo de problema pudiera impedir nuestro propósito.

G. G. –Para ser claros, ¿puedo preguntarle en seguida si hay algún tema que no pudieramos abordar?
G. G. –No, ninguno realmente, salvo la música, ¡por supuesto!

G. G. –No quisiera volver sobre esto, señor Gould, puesto que su participación en esta entrevista nunca ha estado verdaderamente confirmada contractualmente, a no ser por un apretón de manos.
G. G. –Usted habla en sentido figurado...

G. G. -...por supuesto; pero yo había imaginado que lo esencial de esta entrevista tendría que ver con problemas relacionados con la música.
G. G. –¿Cree usted que eso sea tan importante? Según mi propia filosofía de la entrevista –y usted sabe que como entrevistador no he hecho pocas- uno puede llegar a las revelaciones más ricas tomando un atajo a través de preguntas que no tienen que ver directamente con el campo especializado de la persona entrevistada.

G. G. –¿Por ejemplo?
G. G. –Bueno, durante la preparación de mis documentales radiales, he entrevistado a un teólogo a propósito de la tecnología, a un geómetra a propósito de William James, a un economista sobre el pacifismo, y a una ama de casa sobre el mercado del arte.

G. G. –¿Pero también, sin duda, habrá entrevistado músicos sobre música?
G. G. –Ocasionalmente, y más que nada para hacerlos sentir cómodos frente al micrófono. Pero es mucho más interesante hablar por ejemplo con Pablo Casals sobre la noción de moda o el espíritu de los tiempos, que no deja de tener relación con la música, además; o con Leopoldo Stokowski sobre las perspectivas del viaje interplanetario, en donde usted estará de acuerdo en que hay una ligera digresión...

G. G. –Permítame proceder de modo afirmativo. ¿Hay algún asunto que usted quisiera discutir en particular?
G. G. –¡Pero claro! ¿Qué diría usted de la situación política en Labrador o de los derechos de los aborígenes en Alaska?

G. G. –Prefiero de todos modos comenzar nuestra discusión con algo que tenga que ver por lo menos con las artes.
G. G. –En ese caso, podríamos examinar el asunto de los derechos de los aborígenes a partir de una perspectiva etnomusicológica.

G. G. –Debo confesar que prefiero un punto de partida más convencional, señor Gould. Usted debe saber muy bien que hay una pregunta virtualmente obligatoria en lo que tiene que ver con su carrera. Se trata de la controversia que usted ha despertado al dejar de dar conciertos para de este modo no comunicar más que a través de los medios. Debemos por lo menos hacer alusión.
G. G. –Debo decirle que todo aquello implica consideraciones de tipo moral más que musicales. Pero si usted insiste sobre el asunto, procedamos entonces.

G. G. –Usted afirma -estoy citando- que la grabación y los medios representan el futuro...
G. G. –Es exacto...

G. G. -...y que por el contrario, la sala de conciertos, de recital, de ópera, representa el pasado pero, en términos más generales, también el pasado de la música.
G. G. –Así es, aunque mi único contacto profesional con la ópera haya sido un acceso de bronquitis que atrapé mientras tocaba en el viejo Fetspielhaus de Salzburgo. Como usted sabe, se trata de un edificio cruzado por toda clase de corrientes de aire y...

G. G. –No podríamos hablar tal vez de su estado de salud en un momento más oportuno, señor Gould. Mientras tanto, espero me disculpe si digo que afirmaciones del tipo que he relacionado anteriormente tienen algo de intrínsecamente autojustificativo. Después de todo usted escogió abandonar la escena pública de los conciertos hace ya alrededor de diez años...
G. G. –Exactamente nueve años y once meses en la fecha en que hablamos.

G. G. -...y usted estará de acuerdo en que la mayoría de las personas que se retiran de una carrera, así sea de modo tan radical, se apoya siempre, quiéralo o no, sobre la idea de que el futuro está de su lado.
G. G. –Es seguramente muy estimulante pensarlo. Pero yo quisiera retomar su utilización del término “radical”. Si yo me lancé al agua, fue ciertamente a partir de la convicción de que –dado el estado del arte- una inmersión total en los medios representaba una consecuencia lógica de mi propio desarrollo, de lo cual sigo convencido. Pero francamente, aparte de las ideas que a uno le gustaría hacerse sobre el pasado y el futuro, las motivaciones más fuertes que conllevan tales “arranques” o, para emplear sus propios términos, tales retiros, no tienen nada de “radical”. No son más que tentativas de resolver las confusiones y los inconvenientes del presente.

G. G. –No estoy muy seguro de haber comprendido su idea, señor Gould.
G. G. –Bueno, por ejemplo, me parece que un dolor de garganta es la mejor motivación que lleve a inventar un medicamento apropiado, y claro está, una vez patentado dicho medicamento, uno está en libertad de decidir que la invención representa el presente mientras que el dolor de garganta representa el pasado. Pero en tanto la enfermedad esté presente, es casi imposible pensar en esos términos. Inútil precisar que en el caso de mi bronquitis en Salzburgo, el medicamento era...

G. G. –Perdóneme la interrupción, señor Gould. Ya volveremos sobre sus desventuras salzburguianas en otra ocasión, pero yo quisiera por el momento que usted desarrollara su metáfora. ¿Debo entender que su retiro de la escena y su consecutivo alistamiento en los medios han estado motivados por el equivalente musical de un dolor de garganta?
G. G. -¿Encontraría eso reprensible?

G. G. –Para ser franco, me parece que es una actitud perfectamente narcisista. Es más, me parece que contradice la afirmación de carácter esencialmente moral que dice tener su decisión.
G. G. –No capto la contradicción, a menos, claro está, que usted considere la incomodidad por una virtud positiva.

G. G. –Mis opiniones no son el objeto de esta entrevista, señor Gould, pero voy a contestarle de todos modos. El problema no es una cuestión de comodidad o de incomodidad, de gusto o disgusto. Yo creo simplemente que todo artista digno de ese nombre debe estar dispuesto a sacrificar su persona.
G. G. -¿Con qué objeto?

G. G. –Para preservar las grandes tradiciones de la práctica musical y teatral, para mantener la noble responsabilidad jerárquica del artista frente a su auditorio. Tengo la impresión de que usted no se ha permitido jamás saborear el privilegio, que debía ser el suyo, de comunicarse con el público...
G. G. -¿A partir de una posición de poder y de dominación?

G. G. –Más bien dentro de un ambiente y un decorado que pongan de relieve su humanidad en su verdad pura y desnuda, desprovista de retoques.
G. G. -¡Y sin embargo con toda la puesta en escena del disfraz y del sacoleva!

G. G. –Por favor, señor Gould, no permitamos que nuestro diálogo degenere en una chanza burlona. Es evidente que usted no ha sabido disfrutar de una relación personal con el auditorio.
G. G. –Yo tendería a pensar que en cuanto relación personal, el éxito implicaría más bien una relación de 1 a 2.800 en una sala totalmente llena.

G. G. –La estadística no es mi fuerte. Yo intentaba hacer una pregunta más bien franca...
G. G. -...a la que trataré de responder igualmente. Para mí, la relación auditorio-artista es una relación de 0 a 1 y es ahí en donde la objeción moral entra en juego.

G. G. –No comprendo, señor Gould. ¿Podría explicarlo de nuevo?
G. G. –Primero, no me siento satisfecho con las implicaciones jerárquicas contenidas en la terminología que divide el “público” y el “artista”. Pero en lo posible, me parece que debería concedérsele al artista –por su propio bien como para el del público- el derecho al anonimato. Debería dejársele operar en secreto, sin que se sienta concernido por las exigencias supuestas del mercado, ni siquiera conscientemente, las cuales desaparecerían simplemente en el momento en que un número suficiente de artistas fuesen suficientemente indiferentes. Una vez aquellas exigencias desaparecidas, el artista abandonará el sentido falso de una pretendida responsabilidad “pública” y su “público” renunciará al papel de dependencia servil.

G. G. -¡Y “los dos jamás se encontrarían”!
G. G. –Al contrario, estarán en contacto, pero a un nivel significativamente diferente de aquel que une la escena con las primeras sillas.

G. G. –Señor Gould, entiendo muy bien la satisfacción retórica que le ofrecen sus desarrollos idealistas sobre este intercambio de papeles. Usted ha, por lo demás, consagrado no pocas entrevistas al concepto de “auditorio creativo” con sus connotaciones “Macluhanescas”. Pero olvida fácilmente que el artista, sea lo hermético que sea su estilo de vida, permanece como un personaje autocrático, una especie de dictador social benevolente. Olvida también que su público, sea cual sea la riqueza del aparataje electrónico de su gusto, se encuentra siempre al otro extremo de la recepción. Toda la búsqueda neomedieval del anonimato para el artista restituido al punto 0, y toda su ideología panculturalista vertical en beneficio del “público” no cambiarán las cosas.
G. G. -¿Puedo expresarme ahora?

G. G. –Por supuesto. No quería llegar a esto, pero yo insisto en la idea de...
G. G. -¿...del artista Supermán?

G. G. –Eso no es muy amable, señor Gould.
G. G. -¿...o del interlocutor como controlador de las conversaciones?

G. G. –No tiene por qué ser provocante. Yo no esperaba, evidentemente, respuestas conciliadoras de su parte, dado que usted pone en juego posiciones filosóficas con respecto a esos problemas. Yo esperaba, así sea por una vez, que usted hubiese podido admitir el haber tenido la experiencia de una relación real, de 1 a 1, entre el artista y el auditorio. Hubiera esperado su confesión de haber sido testigo personal del fenómeno magnético de atracción que existe entre un gran artista presente en carne y hueso trabajando frente al público.
G. G. –Oh, ¡pero si yo he tenido esa experiencia!

G. G. -¿Verdaderamente?
G. G. –Absolutamente, y no vacilo en decirlo. Hace muchos años, yo me encontraba precisamente en Berlín cuando Herbert von Karajan dirigía por primera vez la Quinta Sinfonía de Sibelius con la Filarmónica de Berlín. Como usted sabe, Karajan tiende, sobre todo con el repertorio postromántico, a dirigir con los ojos cerrados y a dar a su ‘gestualidad’ de baguette contornos coreográficos excesivamente convincentes. El efecto de todo aquello ha sido para mí una de las experiencias musicales y dramáticas indelebles de mi existencia.

G. G. –Usted lleva agua a mi molino con mucha eficacia, señor Gould. Yo sé que esta interpretación, o por lo menos su versión grabada ulterior, ha jugado un papel importante en su vida.
G. G. -¿Quiere usted decir a causa de su utilización en el epílogo de mi documental radial: The Idea of North?

G. G. –Exactamente; y usted admitió que esta experiencia indeleble surgió de un cara a cara con un auditorio y no simplemente del resultado descarnado y previsible de un disco, así hubiese sido bueno.
G. G. –Si, sin duda, pero debo decirle que yo no formaba parte del público. De hecho, yo me había refugiado detrás del vidrio de la cabina de radio que daba sobre la escena. Mi posición me permitía ver el rostro de Karajan y, por consiguiente, establecer una relación entre cada una de sus mímicas extáticas y el resultado sonoro producido. Ese no era el caso del público salvo cuando una indicación dada por la derecha o por la izquierda dejaba percibir su perfil. Pero la importancia radicaba en que la cabina de radio representaba para mí un elemento aislante, no sólo frente al público del cual yo era parte en cierto sentido, sino también frente a la orquesta y su jefe.

G. G. –Usted se apega a símbolos, ¡mi pobre amigo!
G. G. –Puede ser. Pero debo subrayar –entre nosotros, por supuesto- que cuando llegó el momento de incorporar esta Quinta Sinfonía de Sibelius dirigida por Karajan en The Idea of North, revisé toda la dinámica de la grabación para que correspondiera al ambiente del texto que se suponía debía acompañar. Semejante libertad es el producto de... cómo decirlo, de una irreverencia entusiasta característica de una relación de 0 a 1.

G. G. –Para mí sería más bien el producto de una falta perversa de escrúpulos. A pesar de todo soy consciente del hecho de que The Idea of North era una aventura experimental en radio en la que la palabra humana fue tratada casi como un instrumento musical.
G. G. –Es exacto.

G. G. –Y en donde usted hacía que se superpusieran, según la ocasión, las voces de tres o incluso cuatro individuos.
G. G. –Sí.

G. G. –Esta experimentación a partir de su propio material me parece totalmente legítima; lo que no es el caso de su manera de tratar o de maltratar el material de von Karajan. Después de todo usted ha admitido que su interpretación había sido para usted una experiencia “indeleble”, y al mismo tiempo confiesa abiertamente haber manipulado algo en donde los matices habían sido, sin duda, cuidadosamente escogidos de antemano. Y todo aquello para responder...
G. G. -...a mis necesidades del momento...

G. G. -¿...que correspondían por lo menos a un proyecto específico?
G. G. –Lo admito. Pero cada auditor tiene un proyecto específico, así no sea más que porque trata siempre de hacer coincidir su experiencia musical con su estilo de vida.

G. G. –¿Aceptaría usted que uno hiciera lo mismo con sus propios discos?
G. G. –En caso contrario, habría fracasado en los objetivos que me había fijado.

G. G. –De donde se concluye que usted acepta el hecho de que ningún criterio estético es necesario que sea aplicado por el auditor a sus propias interpretaciones tal y como usted las ha concebido.
G. G. –Usted sabe, yo no tengo ninguna certidumbre en cuanto a los méritos “estéticos” de la Quinta de Sibelius por Karajan tal como la escuché en aquella ocasión memorable. De hecho, la belleza del momento consistía en que yo era incapaz de decir si era o no una “buena” interpretación, sabiendo muy bien que yo era el testigo de una experiencia intensamente emotiva. Había simplemente logrado separar todo juicio estético. Me encantaría que ese fuera siempre el caso, sobre todo cuando se trata de la obra o el trabajo de otro. Por necesidad y por razones prácticas, me siento obligado a aplicar criterios completamente diferentes sobre mi propio trabajo, pero...

G. G. –Señor Gould, ¿está a punto de decir que usted no efectúa jamás juicios estéticos?
G. G. –No, aunque me encantaría poder decirlo, pues eso atestaría sobre un grado de perfección espiritual que no he logrado alcanzar. Mientras tanto, y para utilizar un cliché de moda, trato tanto como puedo de no aplicar más que juicios morales y de reservar los juicios estéticos para la evaluación de mi propia producción.

G. G. –Me siento forzado, señor Gould, a otorgarle el beneficio de la duda.
G. G. –Agradezco su bondad.

G. G. –...Y de esperar que sea fiel y sincero con lo que acaba de afirmar.
G. G. –Lo menos que se puede es intentarlo.

G. G. –Sobre lo cual, henos aquí frente a una cantidad de bifurcaciones posibles que ya no sé muy bien qué dirección darle a esta entrevista.
G. G. –Porqué no tomar la dirección más convincente, y yo trataré de seguirle...

G. G. –En ese caso, la pregunta más evidente sería: Si usted no aplica juicios estéticos a los demás, ¿qué dice de aquellos que aplican juicios estéticos a su propio trabajo?
G. G. –Oh, algunos de mis mejores amigos son críticos, ¡aunque no estoy muy seguro de que los dejaría tocar en mi piano!

G. G. –Pero, hace tan sólo unos instantes, usted aplicaba el término de “perfección espiritual” a un estado en el cual todo juicio estético sería suspendido.
G. G. –Ante todo, no quisiera dar la impresión de que aquello constituye el único criterio de un tal estado.

G. G. –Comprendo muy bien. ¿Pero sería tal vez justo decir que según usted la mentalidad crítica tiende a poner en peligro el estado de gracia?
G. G. –Aquello sería muy presuntuoso de mi parte. Como ya le he dicho, algunos de mis mejores amigos son...

G. G. -…críticos, ya sé; pero usted esquiva la pregunta.
G. G. –No fue deliberado. Me parece simplemente que no debe generalizarse, sobre todo si han de ponerse en juego reputaciones tan brillantes.

G. G. –Señor Gould, usted nos debe una respuesta.
G. G. -¿Verdaderamente?

G. G. –Estoy convencido. ¿Quiere que le repita la pregunta?
G. G. –No es necesario.

G. G. -¿Usted piensa entonces que los críticos representan una especie moralmente comprometida?
G. G. –El término “comprometido” implica que...

G. G. –Por favor, señor Gould, conteste a mi pregunta. ¿Es eso lo que usted piensa?
G. G. –Como le había dicho, yo...

G. G. –Es lo que usted piensa, ¿sí o no?
G. G. –(pausa) Sí.

G. G. -¡Evidentemente! Estoy seguro de que se siente mejor al haberlo finalmente admitido.
G. G. –Humm, no por el momento.

G. G. –No va a tardar.
G. G. –Usted cree?

G. G. -¡Sin duda alguna! Pero ahora que usted ha terminado por enunciar su opinión con tanta nitidez, debo señalar que usted mismo no se ha privado de firmar escritos críticos de vez en cuando. Recuerdo incluso un texto que usted escribió sobre Petula Clark y que...
G. G. -...que contenía una tal cantidad de juicios estéticos que debería ruborizarme hoy en día. De hecho se trataba esencialmente de una crítica moral en la que yo utilizaba de algún modo a la señorita Clark para hacer algunas observaciones sobre un medio social.

G. G. -¿Usted cree poder disociar la crítica estética –método que reprueba- y la fijación de imperativos morales válidos para una sociedad considerada como un todo?
G. G. –Creo que sí. Evidentemente, existen toda clase de zonas intermedias. Imaginemos por ejemplo que yo tenga el privilegio de vivir en una ciudad en donde todas las casas estén pintadas de gris...

G. G. -¿Porqué de gris?
G. G. –Resulta que es mi color favorito.

G. G. –Se trata de un color más bien negativo, ¿no?
G. G. –Por eso lo prefiero. Imaginemos para nuestra demostración que un individuo haya decidido súbitamente pintar su casa de rojo vivo...

G. G. -…destruyendo de ese modo la simetría urbana.
G. G. –Probablemente llegaría a eso, pero usted está abordando el problema desde un punto de vista estético. La consecuencia profunda de un acto tal, del hecho de que otros habitantes tendiesen a pintar su casa con colores chillones similares, sería casi que inevitablemente el de estimular un clima de competencia cuyo corolario sería la violencia.

G. G. –De lo que deduzco que según su paleta personal, el rojo indica una tendencia a la agresividad.
G. G. -¡Me parece que todo el mundo está de acuerdo con eso! Pero por el momento hay ahí una imbricación de estética y moral. La primera persona que pintase su casa de rojo podría perfectamente estar motivada por una preferencia estética. Me culparía por mi parte de haber sido riguroso con sus gustos. En cambio, sería mi deber tratar de persuadirla de que al abandonarse a preferencias estéticas personales represente un peligro moral para el conjunto de la comunidad.

G. G. -¿Se dá cuenta de que comienza a hablar como un personaje salido de una novela de George Orwell?
G. G. –El mundo orwelliano no me atemoriza particularmente.

G. G. -¿Y sabe usted, además, que está a punto de defender un tipo de censura que va contra toda la tradición del pensamiento occidental desde el Renacimiento?
G. G. –Completamente. Es además esta tradición la que ha puesto al mundo occidental al borde del caos. Este extraño apego a la libertad de movimiento y de lenguaje es un fenómeno muy específicamente occidental; proviene de la idea occidental de que es posible disociar sin inconveniente la palabra y el acto. Parece que está probado –lea lo que dice McLuhan en La Galaxia Gutenberg- que personas apenas letradas aceptan menos fácilmente esta distinción.

G. G. –también está dicho en La Biblia que desear el mal, es hacer el mal.
G. G. –Absolutamente. Sólo las culturas que, accidental o deliberadamente, no han conocido el Renacimiento toman el arte por la amenaza que es en realidad.

G. G. –¿La Unión Soviética respondería a un criterio tal?
G. G. –Completamente. Los soviéticos utilizan métodos algo abruptos, es verdad, pero sus preocupaciones están totalmente justificadas.

G. G. -¿Y qué dice de usted? ¿Acaso algunas de sus actividades no han violado jamás el rigor de sus principios y según usted, entonces, “amenazado” la sociedad?
G. G. –Sí.

G. G. -¿Quisiera hablarnos de eso?
G. G. –No particularmente.

G. G. -¿Ni siquiera rápidamente, a manera de ejemplo? ¿Usted, si no me equivoco, hizo la música para la película Matadero 5?
G. G. -¿Y entonces?

G. G. –Bueno, según los criterios soviéticos, podría clasificarse esa película sacada del libro del señor Vonnegut entre las producciones socialmente destructivas.
G. G. –Me temo que no tiene usted razón. Me acuerdo incluso de una jóven que me decía un día en Leningrado que Dostoievski, “aunque gran escritor era desgraciadamente un espíritu pesimista”.

G. G. –Ahora bien, el pesimismo, combinado con rezagos de hedonismo, era claramente el sello distintivo de Matadero 5.
G. G. –Sí, pero es más bien el aspecto hedonista de la película más que su carácter pesimista el que me ha impedido a menudo dormir.

G. G. -¿No aprueba entonces la película?
G. G. –Admiré locamente la calidad de su factura.

G. G. –Eso no es exactamente lo mismo que gustarle.
G. G. –De ningún modo.

G. G. -¿No es entonces usted partidario de las teorías stravinskianas acerca del arte definido como un juego y una técnica?
G. G. –Para nada. El arte es todo menos eso.

G. G. -¿Qué opina de las teorías que contemplan el arte como substituto de la violencia?
G. G. –No creo en eso más que en todo aquello que denigra la idea de perfectibilidad del hombre.

G. G. -¿Qué hay entonces de la teoría del arte como experiencia trascendental?
G. G. –De las tres teorías citadas, es la única que me atrae.

G. G. -¿Tendría usted una teoría propia?
G. G. –Sí, pero no creo que le guste.

G. G. –Me siento lo suficientemente fuerte como para escucharla.
G. G. –Bien, yo creo que hay que darle al arte la oportunidad de su propia desaparición. Debemos aceptar la idea de que el arte no es necesariamente una cosa inocente, que algunas veces es potencialmente destructor. Deberían analizarse los dominios en los cuales es menos nocivo, utilizarlos como línea de conducta, y añadir al arte un componente que le permita presidir su propio desuso.

G. G. –Humm...
G. G. –Usted sabe, las diversas teorías actuales del arte –usted ha enumerado algunas- no están fuera de analogía con el movimiento contra la bomba atómica de santa recordación.

G. G. –Seguramente usted no está en contra de ese movimiento.
G. G. –No, pero dado que no sé de la existencia de un movimiento que desapruebe el que los niños le arranquen las alas a las libélulas, tampoco puedo participar. En tanto que no se reconozca la indivisibilidad de los dos fenómenos (el peligro de exterminación nuclear, así como aquel de la crueldad con los animales), en tanto que la agresión verbal y la agresión física no sean percibidas como las dos caras de una misma moneda, aquella de la competición, en tanto no se vea que cada posición estética tiene un corolario moral, yo continuaré escuchando la Filarmónica de Berlín detrás de un vidrio.

G. G. -¿Usted no espera entonces a que su deseo sobre la muerte del arte se cumpla en una perspectiva humana?
G. G. –No, y además no podría vivir sin la Quinta Sinfonía de Sibelius.

G. G. –Sin embargo, usted habla totalmente como un reformador del siglo XVI.
G. G. –Me siento muy próximo de esa tradición. En uno de mis mejores escritos...

G. G. –He ahí precisamente un juicio estético, ¿sí los hay?
G. G. -¡Mil escusas! Trataré de formularlo de otro modo. En otra ocasión me describí a mí mismo como “el último puritano”...

G. G. –Señor Gould, me quedan algunas preguntas que hacerle. En el punto en que nos encontramos, la más pertinente que pueda encontrar es la siguiente: ¿Existe alguna carrera que usted quisiera considerar aparte de aquella que haría de usted un miembro frustrado de la censura?
G. G. –A menudo he pensado que me gustaría estar detenido en una prisión.

G. G. -¿A usted le parece que se trataría en ese caso de una carrera?
G. G. –Pues claro, a condición naturalmente de ser completamente inocente.

G. G. -¿Alguna vez la han sugerido que podría padecer de un complejo de Mychkine?
G. G. –No, y estoy en condiciones de aceptar el cumplido. Es que, como lo indiqué, jamás he comprendido la obsesión por la libertad que prevalece en el mundo occidental. Tanto como pueda juzgarla, la libertad de movimiento se reduce con frecuencia a la movilidad; la libertad de expresión no es la mayoría de las veces más que una forma socialmente aceptada de agresión verbal. El encarcelamiento sería entonces un test ideal con el cual medir nuestra verdadera movilidad interior, nuestra verdadera fuerza espiritual. Nos abriría una opción verdaderamente creativa y humana.

G. G. -¡Señor Gould, ahí hay una contradicción en los términos!
G. G. –Realmente no la veo. Hay además una generación más jóven que la nuestra... Usted tiene más o menos mi edad, ¿no es cierto?

G. G. –Me imagino...
G. G. –Existe, pues, una generación para la cual el principio de competencia no es un componente inevitable de la vida.

G. G. -¿No irá usted incluso a tratar de convencerme sobre las virtudes de una especie de comunismo neo-tribal?
G. G. –No, y entre otras cosas la competencia entre tribus está, probablemente, al orígen del abismo en cual nos encontramos. Como le he dicho, yo no merezco que se me aplique el complejo de Mychkine.

G. G. –Su modestia es legendaria, señor Gould; pero, ¿qué es lo que lo lleva a esta conclusión?
G. G. –El hecho de que yo impondría a mis carceleros algunas exigencias de las cuales un espíritu realmente libre podría prescindir.

G. G. -¿Qué tipo de exigencias?
G. G. –Mi celda debería estar pintada de gris...

G. G. –No creo que eso sea problema.
G. G. –Según lo que sé, el último grito de la moda en materia penal es el de utilizar colores primarios.

G. G. -¡Ah, ya veo!
G. G. – Y claro, necesitaría tener el control del sistema de calefacción y del aire acondicionado. Los orificios de ventilación en el techo estarían descartados –como lo he indicado, soy propenso a la bronquitis- y si un sistema de ventilación incontrolable fuera utilizado, el regulador de humedad debería...

G. G. –Señor Gould, perdóneme por interrumpirlo nuevamente, pero usted ha indicado en varias oportunidades que sufrió una experiencia traumatizante en el Fetspielhaus de Salzburgo...
G. G. –No quisiera dejar entender que se trata de una experiencia traumatizante. Al contrario, mi bronquitis fue tan severa que tuve que anular un mes de conciertos, retirarme a los Alpes y llevar una existencia idílica en la más completa soledad.

G. G. –Ya veo. ¿Puedo sugerir algo?
G. G. –Claro que sí.

G. G. –Como usted sabe el viejo Festspielhaus fue originalmente una academia de equitación, y la parte trasera del edificio se incrusta en una colina.
G. G. –Es totalmente exacto.

G. G. –Como usted es evidentemente un hombre de símbolos – y sus fantasías de detención no son otra cosa que eso, estoy seguro- me parece que el Festspielhaus –el Felsenreitschule- con su decorado kafkiano, apoyando una montaña con la memoria de una movilidad ecuestre asediando su pasado, y que como si fuera poco está situado en la ciudad natal de un compositor que usted ha frecuentemente criticado, a riesgo de comprometer sus propios criterios de juicio...
G. G. –Si he criticado las obras de ese compositor, es porque son el reflejo de una vida hedonista.

G. G. –Sea como sea, señor Gould, el Festspielhaus es un lugar en donde un hombre como usted, en busca del martirio, debería regresar.
G. G. -¿Martirio? ¿Qué pudo haberle dado esa impresión? Yo no podría regresar en ningún caso.

G. G. –Por favor, señor Gould, trate de comprender. No existiría manera más significativa de mortificar la carne, de proclamar la trascendencia del espíritu, ni puesta en escena metafórica que ponga más en valor su propio estilo de vida hermética, que defina más elocuentemente su búsqueda autobiográfica del martirio. Usted terminará por regresar, estoy convencido.
G. G. -¡Créame, yo no busco tal cosa!

G. G. –Sí, sí, señor Gould, usted tiene que volver al tablado del Festspielhaus, y afrontar nuevamente, voluntaria e incluso felizmente la tempestad de vientos y de aplausos frenéticos que devastan esta escena. Es entonces, y entonces sólamente, cuando usted habrá cumplido los designios sacrificiales a los cuales aspira de manera tan evidente.
G. G. –No me malinterprete, le juro. Agradezco su atención; pero es que según la frase inmortal de un personaje del señor Vonnegut, “todavía no estoy preparado”."

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Traducción del francés, Mauricio Cruz
Bogotá, agosto 27 de 1988



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2 (Watteau, por Philippe Sollers)

"Ahí están esas mujeres, netas, frágiles, inalcanzables, como saliendo de un sueño y disponiéndose a entrar al sueño mismo, inclinadas, dándose vuelta, indicando la salida o el círculo, el porvenir inútil, el pasado anulado sin cesar; acompañadas de sus propios reflejos centelleantes, no acaban de surgir y van ya a desvanecerse, como la breve melodía que les sirve de escala. Sólo están ellas, y los hombres no figuran más que como gestos en forma de caballeros. No hay más, en últimas, que el pintor y el nacimiento de los fenómenos. Dios sonríe. Ese era su plan." (...)


* Continúa en testa[ferro]


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