email # 3 - 6 Sep 2000 > 10:04 am
Actualización de un correo electrónico publicado en el libro-catálogo del Proyecto Mapa
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Atendiendo el
toque de diana (‘despertador militar’ en los crucigramas) abordamos el avión de la FAC, un
Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Colombiana pintado de gris
con bodega de carga presurizada que puede adaptarse con rapidez para pasajeros, camillas o transporte de tropas; un avión de guerra cuyo aspecto simpático me hizo pensar en Pinocho y la Ballena. Después de una hora y cuarenta minutos de ruidoso y frío vuelo con acentos de película vietnamita y gran emoción compartida, un contingente de artistas aterrizó en
Puerto Inírida, un pueblo de ventipicomil habitantes a orillas del río homónimo y capital del departamento selvático del
Guainía. Al descender se veía un tapiz de selva salpicado por espejos de agua y unas rocas enormes, unos 'montes islas' que emergen imponentes del follaje como en un paisaje chino. Época del año cuando más alto están los ríos y son totalmente navegables, razón por la cual viajamos en esta temporada -además de los permisos otorgados por el ejército y la guerrilla, que nos dio el visto bueno.
Al llegar nos esperaban los venezolanos que aterrizaron en un Hércules igual, sólo que camuflado de verde. “Encuentro histórico!” repetían los colegas, pues era la primera vez que llegaba al aeropuerto un vuelo de carácter
Internacional y se saludaban soldados de una y otra parte en vez de hecharse plomo y mirarse con recelo a lo largo de toda la frontera. De ahí nos montaron en buses para repartirnos en hoteles: El
Orinoco, el
Safari, el
Toninas. A mí me tocó este último, nombre que le dan a los carismáticos delfines o bufeos rosados que habitan las dimensiones acuáticas de estos húmedos ríos, seres exquisitos de trompa alargada y frente extraterrestre, muy parecidos al Hércules (compré uno artesanal, de madera oscura, pequeño).
En la plaza principal nos esperaba la social
Concha acústica adecuada especialmente con festones, leyendas, y mapas, donde una banda de estudiantes interpretó los respectivos himnos nacionales en un melancólico e idiosincrático tono indígena. Discursos, aplausos, calor, más discursos. De ahí nos repartieron en restaurantes distintos para cumplir con las urgencias del almuerzo; gran blablablá y camaradería de artistas departiendo en campo ajeno -aunque personalmente me sentí un poco ausente, disfrutando la ocasión, pero bajo el hechizo de acontecimientos íntimos recientes.
Después de una pausa siestil en los respectivos hoteles, nos recogieron para el muelle y nos embarcaron en “bongos”, unas canoas enormes talladas en un sólo tronco de ceiba con capacidad para 15 a 20 personas, hacia la muy promocionada y sugestiva
Laguna de las Brujas; donde los delfines ‘abundan’. Una vez allí, humanos de naturaleza decidídamente acuática se zambulleron en esas aguas dulces, hondas y frescas. Mientras algunos chapoteaban como nutrias, castores, sirenas, o focas felices, otros flotaban en ese lago amniótico donde las famosas toninas (las brujas?) aparecían y desaparecían en la superficie al ritmo de las exclamaciones de los visitantes y la frustración de los camarógrafos que intentaban capturarlas con sus lentes, mientras yo achicaba el agua de la canoa con un balde...
Al volver, siguiendo el secreto itinerario que nos tenían reservado, fuimos a una choza artesanal donde unos indígenas exhibían sus cosas. Recuerdo a un indio viejo, vertical, parado estóicamente al pie de cuatro o cinco sencillísimas múcuras de barro mirando con ojos vidriosos hacia lo que podría ser el horizonte difuso de sus antepasados; una mesa al centro con enormes ovnis de casabe de apx 50 cms de diámetro (Gustavo Zalamea compró un paquete de retazos y me ofreció uno, primera degustación de esta arepa seca, ácida y arenosa, que a pesar de los adjetivos, me gustó); algunas artesanías modernas sugeridas por el descolorido y astuto hombre blanco; y una que otra figura de animales emblemáticos pintados sobre pedazos de corteza y papel artesanal.
Por la noche, después de la cena, regresamos a la plaza para la proyección al aire libre de unos documentales colombianos que competían en realismo con el ambiente en que estaban siendo mostrados; refrescante. Aunque ya para entonces estaba super trajinado por el sol y el andar de acá para allá subiendo y bajando de buses que nos llevaban y traían de cada lugar, así quedaran a tres cuadras. De modo que me escabullí hacia el hotel aprovechando la oscuridad disipada del cinematógrafo y, oh! sorpresa, la habitación quedaba pared de por medio con una discoteca (muy buena, además) de este pueblo rumbero y trasnochador. Cómo estaría de cansado que me dormí inmediatamente.
Al día siguiente nos esperaba en el muelle un planchón metálico, anaranjado y azul, vestido de fiesta, parlantes, y bombas multicolores. Comenzaba entonces el gran turismo silvestre y todos exhibían sus sombreros y pavas, sus cámaras fotográficas y de video, y pegotes de bloqueador solar en todo el cuerpo como soldados camuflados para una guerra alegre. Zarpamos suavemente
río arriba, contra la corriente, hacia una comunidad de indígenas Kurripacos asentados en una población llamada Caranacoa. Después de hora y cuarenta minutos roaster (por aquello del sol) -exactamente el tiempo que se demoró el avión de Bogotá al Guainía-, y de ser interceptados a ratos por lanchas de combate del ejército colombiano (
Apocalypse Now), llegamos a la mentada población donde nos esperaba la tribu en pleno. Nos bajamos del llamativo planchón sobre una piedra muy grande y muy rara que ellos llamaron “la calle de honor”: un camino flanquedado por niños indígenas con sus caras decoradas con pigmentos agitando banderitas de cartulina coloreadas con témpera y lápices prismacolor, seguido de una fila de adultos en camiseta y cachucha de beisbol a los que les ibamos dando la mano, uno a uno, durante unos cincuenta metros, suavemente (pues ellos no aprietan). Un ritual educado y sencillo, conmovedor.
De entrada nos tenían preparada una menos inocente 'caminata ecológica' que consistía en atravesar el poblado, pasar por los sembrados de yuca brava (de donde viene el casabe), las chagras o sembrados que quedaban atrás, para adentrarnos enseguida en la espesura durante un buen trecho rastreando una línea de agua, trepar por resbalosas laderas para salir, más arriba, sobre una enorme piedra pelada (una de esas piedras 'chinas') desde la cual podía contemplarse la extensión de la selva 360 grados a la redonda, y seguir caminando alrededor de una hora como 'principitos' insolados sobre un planeta incrustado en mitad de la selva (una formación geológica, según dicen, de 2.000 millones de años). ¡Que espectáculo! Fragmentos de río aparecían y desaparecían; flores naranja y violeta surgiendo de las grietas, delicadas y pequeñas, plantas de desierto que no había visto nunca. Sed y más sed bajo un sol “canicular” como dicen los locutores (creo que nunca había tomado tanta agua, o no tan seguido). Cuando después de algo más de hora y media de marcha, hacia la hora del almuerzo, me dio en calcular: bueno, si todavía no hemos llegado a donde sea que vamos, con qué fuerzas y a qué horas nos vamos a regresar? Lo más sorprendente fue descubrir que, en lugar de estar siguiendo una línea abierta como íbamos creyendo, la trayectoria en que nos traían los guías se iba mordiendo la cola sin que nos diéramos cuenta. De modo que terminamos por salir aproximadamente encima de donde había comenzado el trayecto (humor indígena), hacia una acogedora panorámica de Caranacoa que se veía allá abajo muy
home sweet home, al lado del río. Es una lástima que la experiencia no quepa en las fotos.
Al regresar nos ofrecieron
la limonada más refrescante que recuerde haber tomado, anticipo del insólito almuerzo que vendría enseguida: un pescado 'moquiado', entero, de muy buen tamaño, envuelto en hojas de palma amarradas con bejuco (a la japonesa) y ahumado sobre leña... (estuve de buenas pues no le tocó a todo el mundo); sopa de pescado con mañoco, que es una especie de polenta o cuscús aborígen sacado de la yuca; todo condimentado con un picante fuerte como ese del Vaupés que tanto me gusta, y retazos de casabe, la arepa gigante, muy seca, y que se conserva durante muchísimo tiempo. Pues “el casabe a todo sabe”, como bien dicen ellos.
Ya para rematar, nos esperaba la consabida danza nativa (muy a lo
national geographic) donde abrazadas parejas de adanes y evas cubiertos con corteza de palma, y un
body-art dibujado con achiote, golpeaban la tierra con sus anchos pies callosos a mecánicos y tristes intervalos seguidos por parejas de niños que los imitaban, divertidos y obedientes. Una presentación ofrecida a la curiosidad pintoresca del turista, paradójicamente 'fuera de contexto'. En cambio el solo de flauta, delgadita y aguda, que se fajó un abuelo de ochentaypico después de la danza, sí logró convencerme. Después de algunos abrazos y fotos inter-étnicas, regresamos a Puerto Inírida sobre otra hora y media de planchón, colorados y contentos.
A esas alturas, el trajín y el sol estaban comenzando a hacer estragos en mí contextura ciudana. Así que una vez llegados me escapé al hotel nuevamente huyendo del siguiente compromiso en la agenda: fiesta con música llanera y duelos de coplas al borde de una piscina y camaradería artístico-guapachosa rociada con harto aguardiente, manifiestos literarios y emotivos e ingeniosos intermedios de declamación, pues había poetas. (En otras circunstancias, seguro me incorporo al elenco). El caso es que después de zapear TVcable en el lobby del
Toninas ('el mundo desde aquí’, extrañamente), casi no logro dormir gracias a la discoteca
pared de por medio. Al otro día nos levantaron muy temprano para alistar morral a
San Fernando de Atabapo, población venezolana dos horas, esta vez,
río abajo. Con gran esfuerzo de mi parte, pues no había logrado todavía reponerme, agarré mis trebejos para sumarme a la ya muy integrada cofradía de enguayabados artistas matutinos.
Y bueno, misma calle de honor, pero esta vez con alcaldes, personalidades consulares y soldados de la “hermana República”. En la plaza, un busto de Bolívar se exhibía cubierto con las banderas tricolores en una versión
kitsch del Balzac de Rodin, bastante más esbelta, y también en levantadora. Bandas, discursos, poemas, almuerzo, calor, más calor, agua, bolívares, pesos, talleres en colegios y escuelas, montadas y caídas de un camión -pues logré una popularidad momentánea teñida de gritos alarmantes y chistes (cuando vieron que pude levantarme) gracias al
stunt que protagonicé como si fuera mi doble-, y como la cosa no fue nada grave, seguimos a la exposición de los fantásticos mapas
intranacionales con que participamos (pretexto neogranadino y cuota 'política' de esta expedición), para cerrar con otra muestra de artesanías en la Casa de la Cultura con tucanes y guacamayas necesariamente multicolores, cardúmen de monocromáticos delfines tallados en maderas livianas y duras, y una instalación de paisajes donde se ilustraban indios con canoas y canoas con indios sobre un inescapable fondo fluvial y atardeceres desleídos sobre el horizonte.
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| (clic sobre la imagen para ampliar) |
Luego nos embarcamos hacia un lugar bautizado muy precisamente por Humboldt como la
Estrella Fluvial del Sur, ombligo perfecto del utópico Mapa donde se encuentran ríos importantes como el Guaviare (sumado al Inírida), el Atabapo, y el legendario Orinoco. Una vez allí, la extensión nacarada de las aguas (un extenso espejo de mercurio con reflejos salmón prestados por el sol de la tarde) producía una espectacular panorámica de cielo a río abierto, separada apenas por una delgada bisagra vegetal dejándolo a uno suspendido entre dos inmensidades. En un momento dado, a petición de Luis Angel (un Humboldt con sombrero vueltiao y líder de estas “expediciones acuáticas”) guardamos "un minuto de silencio para oir lo que el río tenía que decirnos”... Silencio que se fue llenando con la melodía de un arpa llanera que uno de los músicos de abordo había compuesto especialmente para esta ocasión. Una vez cumplida la inolvidable y efectiva ceremonia fluvial (muchos contribuyeron al caudal con sus lágrimas), regresamos a Atabapo con el atardecer sobre estos ríos enormes, que se distinguen en que unos son negros y otros verdes o amarillos.
Después de una cena compuesta de pescado 'palometa', más casabe, y un jugo muy sabroso, frutal y harinoso llamado jesé (?), presentaron una obra de teatro sobre la plataforma del muelle alumbrada con antorchas de kerosene: Bolívar, el héroe de siempre, llegaba en canoa con sus charreteras doradas y las piernas forradas en sendos
chicles blancos. Una aparición fantasmal que emergía del río para enredarse enseguida con una Manuelita que lo estaba esperando, y otra mujer torsidesnuda, al modo indígena, en diálogos de telenovela. (Si la obra no era buena, el lugar y la circunstancia sí que tenían su gracia). De todos modos no seguí la historia muy de cerca y me fumé otro tabaco entre las estrellas y el planchón que nos servía de palco, hasta que descubrí las hamacas que habían 'guindado' en la embarcación con carpa de lona (especial para reses) que venía todo el tiempo amarrada a estribor del planchón, es decir, a la derecha. Una vez terminada la obra viajaríamos a Maviso, una isla de piedra incrustada en mitad de la “estrella fluvial”, verdadero centro de la expedición, sobre la cual se levanta una casa blanca muy amplia donde pasaríamos la noche alrededor de una fogata.
Al rato de haber arrancado, pasando cerca de un islote extraño de vegetación apretada, sin asomo de tierra, un chubasco repentino azotó lo que estaba por encima del río. Por fortuna la fuerza del viento nos arrinconó contra los arbustos en que consistía la isla dejándonos enredados y quietos mientras disminuía el vendaval. De lo contrario (supimos después) pudimos haber sido arrastrados peligrosamente río abajo sin mucha capacidad de maniobra. Una vez atracamos en Maviso, sobre aguas que se adivinaban muy profundas, nos instalamos en sleepings y hamacas de modo que lo de la fogata quedó cancelado por el aguacero que se fue desatando. El hecho es que me dormí ipsofáticamente tendido en el piso de una de las habitaciones de la casa, esta vez en silencio.
Ya de vuelta a Puerto Inírida, sede del paseo y último destino, fuimos al aeropuerto a esperar los aviones militares que llegarían supuestamente a las 10 de la mañana. La verdad es que tuvimos que estar en suspenso todo el lunes pues no aparecían por ninguna parte. Finalmente, los colombianos estuvimos de buenas pues el avión llegó de Puerto Carreño a eso de las 7 pm. Los venezolanos, en cambio, como compensación a haber llegado antes primero, tuvieron que regresar al pueblo para que los recogieran al día siguiente. Fue así como nuestro Hércules nos depositó en Bogotá (cual Jonás de la ballena) sobre la tonificante y chubascosa extensión sabanera llegando al aeropuerto de
Catam (reservado para vuelos militares y gubernamentales y anexo a El Dorado) como a las 2200 hora militar, ya de noche.
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| Mi mapa. Óleo sobre papel |